• Sol Pozzi-Escot Noriega

VOZ DE DIOS, VOZ DEL DIABLO



La voz del pueblo es la voz de Dios, dice el refrán popular. Sin embargo, hemos visto, en los últimos días, una serie de demostraciones populares nada santas que nos dan a entender que, después de la convulsión social de la semana del 9 de noviembre, la protesta se ha tornado en modo de chantaje. ¿Cómo entender que un grupo de colectiveros bloqueen la Panamericana Sur, bajen llantas a los carros e inicien fuegos en plena pista exigiendo la formalización de sus labores, lo que sería un golpe fuertísimo a la reforma que- lentamente- es promovida por la ATU? Si la voz del pueblo es la voz de Dios, días como los que hoy vivimos nos hacen querer ser ateos.


El domingo 6 de diciembre, el diario El Comercio publicó un estudio elaborado por la Defensoría del Pueblo, que señala la existencia de 5 casos de conflictos sociales que requieren de atención urgente. Se trata, ante todo, de conflictos en zonas mineras, y las demandas son de lo más variadas: hay quienes, con justa razón, reclaman atención de salud frente a la contaminación producida por cierta actividad minera, pero, también, hay quienes protestan y llaman al paro reivindicando la bandera de la Asamblea Constituyente. Nos preguntamos, entonces, de qué cualidades debería gozar el actual Ejecutivo, comandado por el presidente Sagasti, para sortear esta crisis, haciendo respetar su autoridad, pero respondiendo, también, a las demandas de la gente, siempre y cuando sean legítimas.


Se ha señalado, en más de una ocasión, que el actual gabinete ministerial, encabezado por Violeta Bermúdez, no es un gabinete cuyos puntos fuertes radiquen en la capacidad política de sus miembros, sino en sus capacidades técnicas. Esto es algo bueno, digamos, en la medida en que representa un contrapunto a tendencias populistas que hemos visto tanto en el Congreso como, incluso, en algunas posturas pasadas del expresidente Vizcarra. Sin embargo, las carencias en gestión política son, en principio, una muestra más de la falta de conexión entre la clase política y la gente. ¿Cómo puede un gabinete esencialmente técnico y académico negociar y hacer valer su autoridad ante demandas de un pueblo llevado al máximo de la desesperación en un contexto de pandemia e incesante crisis política?


Las razones de la agitación popular son diversas, pero todas pueden ser resumidos en una sola idea: el abandono del Estado. Es comprensible, en ese sentido, que muchos sectores, sobre todo de la izquierda, exijan cambios profundos, como es una nueva Constitución. Sin embargo, una Constitución no nace del chantaje, de la presión ni de la violencia: nace del diálogo y el consenso entre actores políticos y civiles. Hoy por hoy, admitámoslo: nuestro país no cuenta con uno ni con el otro. Nuestra clase política es lo que vemos todos los días en los medios, y nuestros frentes civiles carecen de liderazgo y unión. ¿Cómo refundar un país cuando el mismo país no está a la altura del reto?


Creemos, por lo tanto, que si el presidente Sagasti quiere sobrevivir y llegar a culminar su mandato el 28 de julio del 2021, necesitará no solamente de un equipo con mayor capacidad política, sino de una estrategia integral, que, haciendo uso de sus capacidades y atribuciones a nivel de ministerios y fuerzas del orden, sepa encauzar el malestar social hacia soluciones, fruto del consenso. Es importante, añadimos, estar atentos a lo que ocurra dentro de la policía en las semanas siguientes: el paso al retiro de 18 generales a raíz de los cambios en el ente policial no ha caído para nada bien, y ha tensado las relaciones entre el Ejecutivo y los miembros de la policía, que ejecutan, aún, una labor esencial.


Podemos decir, para resumir, que el éxito del presidente Sagasti en los próximos meses depende del enfoque que le dé a la llamada “voz del pueblo”. Si el Gobierno se posiciona como contrario a esta, perderá legitimidad, lo que le dará más autoridad a la oposición del Congreso. Si, por otro lado, el Gobierno endiosa los reclamos populares y cede ante toda demanda, el país caerá en la anarquía. Ninguno de estos escenarios es ideal, así que depende de la gestión actual establecer una tercera vía: la del diálogo. Sino, nuestra llegada al Bicentenario será más accidentada de lo que nos podemos imaginar.


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