• Kevin Rivera

Phantom Thread: la belleza de lo macabro


El pasado 22 de septiembre llegó a Netflix la más reciente cinta de Paul Thomas Anderson: Phantom Thread. Por tal motivo, aproveché para escribir una reseña sobre esta película que se encuentra entre lo mejor de la filmografía del director estadounidense y, además, entre las mejores películas de la década del 2010.


La historia se desarrolla en el Londres de los años 50. Reynolds Woodcock es un meticuloso y reconocido diseñador de modas que crea vestidos para la alta sociedad. Su personalidad se encuentra definida por su comportamiento obsesivo y controlador, lo cual lo lleva a seguir estrictas reglas en su vida diario. En ello conocerá a una tímida camarera llamada Alma Elson, de la cual se enamorará e invitará a que se mude a su casa. Pronto los conflictos aflorarán y ambos se verán inmersos en una relación que los consumirá por completo.


Desde un principio somos introducidos por el director en este mundo de porcelana aparentemente perfecto, donde cada mínimo aspecto de la vida está milimétricamente cuidado y articulado a las reglas de su protagonista. Realmente el detalle con el que Thomas Anderson ejecuta cada plano nos habla de la maestría de un director que sabe plasmar lo que quiere transmitir y generar imágenes duraderas en la memoria de los espectadores. Para ello, la hermosa fotografía, que también estuvo a su cargo, no hace más que sellar este efecto, como si lo visto fuera una pintura trabajada arduamente y de una calidez que, aun así, pareciera esconder una frialdad calculadora.


Es así como nos vemos inmersos en la realidad de Woodcock, en sus obsesiones y deseos, acompañándolo incluso en sus actitudes más antisociales y misántropas. ¿Cómo no podríamos no hacerlo? El director nos ha encantado con unos planos pulcros y sin ningún tipo de falla, completa representación de la meticulosidad del protagonista, como si el mundo creado fuera una expresión y a la vez un producto de la característica controladora de Woodcock. Mención aparte, claro, para la colosal interpretación de Daniel Day-Lewis, digna de todos los premios existentes, que no deja espacio para la duda ni los titubeos sobre las características descritas del personaje al que nos expone.

La banda sonora a cargo de Johnny Greenwood es de una belleza completamente destacable. Logra recordarnos los dramas de época de las décadas de los 70 y 80, pero mantiene ese carácter único que ha desarrollado a lo largo de las diferentes colaboraciones que ha tenido con el director. Así, una melodía que en un principio puede sonarnos placentera y armónica, puede distorsionarse hasta generarnos la sensación de encontrarnos en un thriller psicológico que llega ponernos al borde del asiento en los momentos más desdramatizados.


Y es que mientras avanza la cinta, vemos que este mundo construido al servicio de las particularidades de Woodcock se va desmoronando debido a la presencia de Alma. Ella no solo está dispuesta a soportar las rígidas reglas y planes de trabajo de su amado, sino que no está dispuesta a dejarlo ir. Es así que ambos entran en un perverso juego de dependencia para el que cada uno es un personaje perfecto. Ambos se necesitan porque se complementan para sus disfuncionales personalidades. Por su parte, mientras nos adentramos en este deterioro “espiritual”, la cinta lo acompaña tanto en la música, como ya se ha explicado, como en la fotografía que ahora entendemos ese componente siniestro que podíamos percibir y no captar en su totalidad.


Al final queda un macabro relato que salta entre el drama, la comedia y el thriller, contado de una manera preciosa y donde los personajes, más que evolucionar, parecen revelar y aceptar su verdadera naturaleza, tal y como nos tiene acostumbrados Thomas Anderson. No pierdan la oportunidad de ver esta obra maestra.


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