Nos habíamos terruqueado tanto



Desde su independencia, la historia de América Latina ha estado marcada por conflictos entre clases sociales, un colonialismo latente y una larga lucha por la emancipación política, económica y cultural. No es sorpresa que, dado el escenario histórico de la guerra fría y el contexto político, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX haya habido un resurgimiento del movimiento popular y de la iniciativa de cambio social movilizado por las izquierdas en diferentes países del continente. Desde el movimiento de liberación nacional en Cuba contra la dictadura de Fulgencio Batista -movimiento que marcó el comienzo de un largo periodo de guerrillas a lo largo de latinoamérica-, el Ejército Popular Revolucionario argentino o el Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros del Uruguay; hasta las guerrillas rurales en Venezuela o México; todas estas experiencias, si bien significativas para la historia latinoamericana, han quedado olvidadas en su mayoría, pues nada queda ya -con ciertas excepciones- de una izquierda unificada, organizada y armada en Latinoamérica.


Sin embargo, el caso peruano fue bastante particular y el fantasma de la izquierda aún acecha el imaginario colectivo. Las primeras experiencias de guerrillas ocurrieron en los 60’s con las disidencias apristas del MIR o el Ejército de Liberación Nacional, pero definitivamente, la experiencia de izquierda más recordada se dió durante los 80’s con el conflicto armado interno y el terrorismo impartido por Sendero Luminoso y el MRTA, el cual aún ha dejado heridas abiertas en los peruanos 40 años después. Sobre todo en época de elecciones, no nos es difícil identificar los vestigios que dejó el CAI en nuestra idiosincrasia, así como el profundo miedo que se tiene a la izquierda, desde la más moderada, hasta la más radical.


Durante la primera vuelta de las elecciones, pudimos ver, sobre todo en redes sociales, una campaña masiva de terruqueo contra la candidata Verónika Mendoza. Desde asociaciones con Abimael Guzmán -aunque ella tendría menos de 10 años en esa época-, con Sendero Luminoso, con Venezuela, en fin, con un grupo variopinto de personajes asociados no solo al terrorismo, sino a la izquierda en sí. Más extravagante aún resultaba ver como en redes acusaban al mismo Vizcarra, un presidente que perpetuó el modelo económico, o a Sagasti, de comunistas, terroristas, genocidas, etc. Recordemos al fujimorismo hablando del “vizcarrochavismocomunista”, entre otros juegos de palabras que buscaban servir de psicosociales para azuzar a la población, para incitar ese miedo aún latente al terrorismo en los 80’s.


Para este punto nos daremos cuenta que estos psicosociales y difamaciones en redes no son nada nuevo ni exclusivo de esta campaña, sino que forman parte del repertorio oral y escrito de los peruanos. “Terruco”, “Caviar”, “comunista”, son palabras que parecen no tener distinción y que se aplican libremente en redes. Frente a este escenario, uno pensaría que sería muy difícil que un candidato de izquierda, dado el rechazo que genera, pase a segunda vuelta, por lo que el ascenso de Pedro Castillo fue, en definitiva, una sorpresa para todos. A diferencia de Verónika Mendoza, quien mantiene un discurso más moderado y progresista, el cual calza perfectamente con las clases medias y universitarias, Pedro Castillo tuvo un apoyo mayoritario en casi todo el resto del país, haciendo énfasis en la sierra peruana. Podríamos preguntarnos, ¿Cómo es que, mientras en Lima se asocia constantemente a la izquierda con el terrorismo, en Ayacucho hayan votado por Castillo? Y es que parece ser que la campaña de terruqueo solo funciona en ciertos sectores, que mientras los limeños se tildan de “caviares” y “terrucos”, en el resto del Perú hay otras urgencias. Cuando se le interpeló por ello, Castillo respondió “No hay terrorismo (…) vengan acá a decirme en mi tierra que soy terrorista”1.


Parece ser que comprender el motivo por el cual la gente -independientemente de las constantes asociaciones que se puedan hacer en los medios a Pedro Castillo con el terrorismo, con el MOVADEF, con Venezuela, etc- vota por este candidato, exige un ejercicio mucho mas riguroso que el que un artículo de opinión puede aportar; sin embargo, algo sí parece ser cierto, y es que en momentos de fragmentación social tan grande como el que estamos viviendo en la actualidad, los psicosociales se encuentran aparentemente obsoletos. No olvidemos que la misma Keiko Fujimori en su discurso hace unos días manifestó que ella no cederá a la campaña del terruqueo -aunque sabemos que su retórica dicotómica inevitablemente posiciona a Castillo como un desastre para el país-. Aún así, esto no ha frenado los psicosociales en redes y podemos observar un sinfín de comentarios tendenciosos, difamaciones y fotos que, en lugar de cuestionar su plan de gobierno, buscan relacionar a como de lugar al profesor con el terrorismo.


Finalmente, quedan poco menos de dos meses para la segunda vuelta de las elecciones y, aunque la encuesta de IPSOS señala a Castillo con 10% más intención de voto que Keiko, realmente nada está dicho. Más aún, resulta interesante señalar que Keiko tiene el apoyo mayoritario del sector socioeconómico A, B y C, mientras que Castillo gana en el D y E (2). Aquí podríamos plantear nuevas preguntas ¿Es posible que el terruqueo no funcione en estos sectores? ¿Será que son las clases medias/altas las más susceptibles a los psicosociales? Para responder a ello se requeriría una extensa investigación, por lo que considero que una buena forma de cerrar este breve artículo sería preguntándonos ¿Servirá la campaña de terruqueo estas elecciones? Se lo dejo a su criterio


  1. https://caretas.pe/politica/no-hay-terrorismo-vengan-aca-a-decirme-en-mi-tierra-que-soy-terrorista-respondio-castillo/



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