• Kevin Rivera

Manco Capac, una odisea solitaria


(Imagen: https://www.festivaldelima.com/2020/peliculas/manco-capac/)


El segundo largometraje de Henry Vallejo nos presenta a Elisbán, un tímido joven que llega a la ciudad de Puno en busca de su amigo Hermógenes, pero su sorpresa es grande cuando descubre que este ya no se encuentra ahí, por lo que ahora debe sobrevivir por su cuenta. Desde ese punto, somos partícipes de su viacrucis a través de una ciudad que le es hostil, lo rechaza y denigra por el hecho de no contar con dinero. Lo vemos mendigando por comida, durmiendo en la calle, pidiendo que se le dé una oportunidad de forma desinteresada. No obstante, casi nadie le presta ayuda y es tratado de la peor manera, como si su condición de ser humano dependiera de su capacidad económica. Son solo dos personajes los que le dan la mano: el dueño de un bar que le permite trabajar de mozo y una señora que le ofrece comida a un precio ínfimo. Sin embargo, es una ayuda momentánea, no desprovista de cierta animosidad por su condición de pobre.

Vivimos con Elisbán la soledad que lo aflige, esa ausencia de un verdadero amigo en medio de un lugar desconocido. Desde la primera escena ya el director nos introduce en esta oposición. Vemos cómo el protagonista se encuentra sentado en posición fetal junto a la ventana de un bus mientras se oye el bullicio de una ciudad ensimismada en el ajetreo propio de la fiesta que se realiza. Así se nos transmite su timidez, su falta de protección y abandono que a nadie parece importarle para su pesar. Sus constantes tránsitos en medio de pasacalles y bailes folclóricos, durante la Fiesta de la Virgen de la Candelaria, consolidan aquel distanciamiento entre él y todo lo que lo rodea.

Si algo destaca de la cinta es la habilidad del director al construir una atmósfera sosegada, carente de cualquier tipo de sentimentalismo o denuncia social, lo cual podría ser el caso teniendo en cuenta el argumento de la película. Lo que podría haber convergido en un melodrama, género recurrente dentro del cine puneño, adquiere un tono naturalista y sobrio. Ello nos posibilita de entrar en la piel de Elisbán, gracias a esos travellings extensos del protagonista movilizándose por la ciudad y, por supuesto, la asombrosa actuación de Jesús Luque Colque, la cual comunica perfectamente las sensaciones del personaje por medio de miradas, no dichos y expresiones corporales.

Todo ello vuelve al personaje familiar y admite establecer una cierta empatía que se traduce en una complicidad contra el principal antagonista de la cinta: la ciudad. Aquella en donde casi todos sus habitantes se uniformizan en sujetos incapaces de ofrecer algún tipo de amabilidad o ayuda a una persona sin dinero, lo que parece constituirse en una fábula de la hegemónica influencia neoliberal sobre nuestra sociedad y sus habitantes, donde uno solo es digno de derechos según su capacidad productiva. Como se ve, Elisban es tratado con afecto por la señora que le ofreció comida cuando ya cuenta con un trabajo que le permite tener un ingreso económico. Es merecedor de respeto en tanto goza de una economía aparentemente estable, lo que incluso lo lleva a recibir una oferta de trabajo que, en su condición inicial, no habría sido posible.

Ya hacia el final se nos presenta un elemento metaficcional en donde lo visto en pantalla parece fusionarse con la realidad, como si lo vivido por Elisbán escapara de su entorno cinematográfico y nos señalara que existen muchos otros jóvenes que pueden estar pasando situaciones similares, lo cual surte un poderoso efecto en el espectador gracias al tono naturalista que ha rodeado todo el largometraje y nos ha permitido adentrarnos en la piel de un protagonista tan humano que conseguimos verlo como un igual.





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