Magallanes: las marcas de un pasado imborrable



¿Es acaso posible olvidar el pasado? ¿Se puede pretender que ciertas cosas nunca pasaron, por más horrorosas que hayan sido? ¿Uno puede convivir con ello? Estas son algunas de las preguntas que plantea la ópera prima de Salvador del Solar, Magallanes.


La historia que se nos cuenta es la del soldado en retiro Harvey Magallanes, quien, luego de años de finalizada la guerra subversiva, trabaja como taxista en la capital limeña. Su vida parece transcurrir imperturbable hasta que una muchacha aborda su taxi. Ella es Celina, a la que conoció en Ayacucho cuando fue una menor de edad secuestrada para satisfacer los deseos de su coronel, el cual es ahora un anciano con Alzheimer, al que cuida regularmente.


El encuentro lo deja perplejo, tanto que decide seguir a Celina y descubre que atraviesa dificultades económicas. Por ello, idea un plan: con una antigua foto del coronel y Celina, se propone extorsionar al hijo de aquel, un exitoso abogado, para que le entregue una fuerte suma de dinero.


La cinta pareciera tener como eje principal la redención. Es su protagonista enfrentándose directamente con un pasado tormentoso, marcado por la violencia y los abusos. Si bien parece que Magallanes no ha tenido problemas en convivir con ello, ya que vemos que se encarga del cuidado de su enfermo ex coronel (constante recuerdo de lo sucedido), es como si hasta el encuentro con Celina hubiese vivido ignorando los hechos, pretendiendo que nunca pasó o que fue hace mucho tiempo y ya nadie lo recuerda. Es la presencia de la joven, ya mayor, lo que significa un retorno a la realidad, una confrontación cara a cara con sus demonios.


Pero Magallanes es más que eso. Es un repaso de las marcas imborrables que el conflicto armado interno dejó en sus víctimas, pero también de una sociedad de tintes paternalistas que pretende “ayudar” a su modo a aquellos, aun cuando eso significa pasarles por encima. Celina presenta una personalidad sumisa, tímida, reprimida por el miedo. Es una migrante forzada a huir de su tierra por la guerra que ahora debe enfrentarse a una Lima caótica, donde prolifera la viveza y el criollismo, así como el racismo. La manera que encuentra para sobrevivir es a través de la pasividad, tratando de pasar inadvertida, esperando ella también olvidar el pasado desgarrador que le tocó atravesar.

Sin embargo, ese racismo por el que sufrió las violaciones de los soldados del Ejército peruano es el mismo que la enfrenta contra la prestamista que manda a un par de matones a robarle y atemorizarla por sus deudas atrasadas. Las miradas que la signan como un ser inferior son las mismas que poseen tanto sus abusadores como sus supuestos “salvadores”. Magallanes pretende ayudarla por medio de una retribución económica. Augusto, el abogado hijo del coronel, pretende saldar las cuentas de su padre y enterrar lo sucedido ofreciéndole la suma de dinero robada por Magallanes. Ambos representan a un Estado abusador y a una sociedad indiferente, los cuales tienen la impresión de que las hondas heridas pueden curarse con un banal pago.


En una de las dos mejores escenas de la película, Celina despierta en medio de la noche y corre con el rostro acongojado hasta la cima de un cerro donde rompe en llanto. Acaba de descubrir que no puede enterrar los hechos acaecidos, que el pasado parece perseguirla sin importar el tiempo transcurrido. La otra gran escena es también interpretada por Celina cuando, luego de entregar el dinero de Magallanes a la policía y recibir el ofrecimiento de Augusto, expone un poderoso discurso en un quechua reivindicativo, en aquella lengua materna de los principales afectados por la guerra entre el gobierno y los terroristas: los campesinos andinos. Aquel idioma tan menospreciado a lo largo de nuestra historia y, sobre todo, durante los años ochenta y noventa, cuando utilizarla era acarrear el calificativo de “terruco” y sufrir los ataques racistas de la población, predominantemente de los limeños contra los migrantes recién llegados.


Aunque el punto débil de la película sea un guion que no termina de ajustarse a la realidad retratada, las asombrosas actuaciones, encabezadas por Damián Alcázar y Magaly Solier, la sostienen y le dan la vitalidad requerida. “Haz como el coronel mejor. Olvida todo lo que pasó”, le dice Celina a Magallanes hacia el final. Ello refleja la ira e indignación de tantos que no encontraron justicia ni el amparo de una sociedad que se encargó más bien de menospreciarlos. Por eso Magallanes resulta importante y su visionado de obligada necesidad.


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