LIMA LA HORRIBLE: RADIOGRAFÍA DE UNA CIUDAD TÍSICA



Desde el tan conocido y repetitivo apodo de “La ciudad de los Reyes”, hasta “La bestia de un millón de cabezas” como la llamó Congrains, Lima ha sido representada en la literatura por diversos y distintos escritores a lo largo de su existencia y desde su fundación. En 1964, Sebastián Salazar Bondy pública en México: Lima la horrible, ensayo que critica, principalmente, los discursos hegemónicos dirigidos desde una casta privilegiada, quienes, intentaban mantener sus privilegios a través de discursos nostálgicos y evocativos de una ciudad que no lo representaba.

El título del libro no alude, necesariamente, al aspecto estético que representa la ciudad, sino más bien, a lo ético. Dentro de sus páginas, desarrolla cuestiones como la arquitectura limeña, su pintura, la música criolla y, sobretodo, su sociedad. Por lo tanto, el texto se convierte en una lectura heterogénea. De diversos matices dentro del cauce de lo que significa la limeñidad.

Cuando el libro fue publicado, tuvo diversas reacciones, en especial del sector conservador, alentadas desde los grupos de poder. Bondy los llamaba “las grandes familias”, y estos eran los que, desde las sombras, manejaban la opinión pública y alentaban el criollismo en una ciudad que se preparaba para recibir una ola de migrantes que venían desde el interior del país. Así, Bondy lanza una ácida crítica hacia esta índole, desarticulando las bases de su pensamiento; produciendo una reacción defensiva por parte de los sectores más privilegiados, quienes querían seguir manteniendo el statu quo a favor de estas “grandes familias”. Y quienes hasta el día de hoy persisten: apellidos que se repiten y los vemos en los medios de información del país.

Pero hasta el día de hoy, y a pesar de que el texto tenga más de cincuenta años, seguimos viendo una ciudad igual o peor de la que describió Salazar Bondy. Como sabemos, Lima no es el Perú. Porque el Perú se jodió en el momento en el que Lima se convirtió en el centro del país. Y es que hemos estado tanto tiempo en la inmundicia que ya nos acostumbramos a esta. Lima representa lo inacabado, lo incierto. Es decir, una ciudad a medias. Con una arquitectura barroca que intentó negar el desierto donde ha sido levantada. Porque Lima, a fin de cuentas, se ha construido sobre un enorme y vasto páramo. Y, ¿Qué puede florecer en un desierto? Porque nuestra urbe más recuerda a la ciudad que Valdelomar describe en La ciudad de los tísicos: unos moribundos que deambulan por una ciudad imaginaria, evocada desde la nostalgia de quien no la ha pisado.

A Lima solo le queda vivir del recuerdo de lo que fue. Porque Palma la vistió con trajes que no fueron suyos. E intentó ornamentarla creando un halo ficticio alrededor de ella. Alzando la figura de una bella ciudad colonial, con sus tapadas recorriendo sus calles y bellos balcones que se alzaban en el centro de la ciudad.

Nuestra ciudad representa, hoy más que nunca, una ciudadanía fragmentada por los estratos sociales. Y es que en los sectores más acomodados de la ciudad se vive en una especie de burbuja. Viviendo a espaldas de lo que sucede a pocos kilómetros de distancia. En lo que debería ser la ciudad de todas las sangres. Pues gentes de todo el Perú llegan a la capital en busca de oportunidades que no se les dan en el lugar donde nacieron. Pero seguimos celebrando la criollada, la pendejada. Seguimos creyendo en el criollismo como símbolo de la peruanidad. Por eso inflamos el pecho cada vez que suena el “Contigo Perú”. Por eso el ceviche es peruano. Porque unos pocos nos lo repitieron hasta el cansancio; y nos lo terminamos creyendo.

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