Las teorías conspirativas (y la derecha conservadora) en tiempos de Covid




Las últimas décadas han visto innumerables avances políticos económicos y sociales, desde la distribución a nivel mundial de las tecnologías de la información, la generalización de la globalización a niveles impensables, hasta la exigencia cada vez mayor de la garantía de derechos humanos para diversos grupos vulnerables. Frente a estos fenómenos del mundo contemporáneo, no es extraño el surgimiento de movimientos reaccionarios que se muestren reacios a estos cambios y busquen, más bien, mantener el status quo de siempre. Resulta inevitable para diversos grupos generacionales que se han visto criados bajo cierta idiosincrasia e ideología, el abrazar determinadas consignas políticas, sociales o incluso económicas.


Y aquí no nos referimos, pues, a las gentes de derechas politizadas que históricamente siempre han rechazado medidas ligeramente redistributivas o progresistas, o a los liberales de siempre que se reafirman como “conservadores en lo social”, sino a ese grupo que cada vez vemos con mayor frecuencia en diversos países -como en Estados Unidos con los seguidores de Donald Trump- y que ya se les ha puesto diferentes nombres, desde “conspiranoicos” (como es el caso de los creyentes del Pizza Gate), “derecha conservadora” -aunque no necesariamente sean cómo la clásica derecha ilustrada-, entre otros. Sea cual sea la denominación, tienen un aspecto en común: una retórica dicotómica que polariza entre el bien y el mal y que construye un discurso que posiciona como enemigo al gobierno y a las grandes élites mundiales que impulsan sus agendas contra la voluntad popular.

¿Nos suena esto familiar? Muchos diríamos que sí. Este discurso es, a grandes rasgos, al que muchos grupos progresistas, socialdemócratas y de izquierda siguen. Sin embargo, la explicación es completamente opuesta. Tomemos el caso de Qanon -quienes fueron parte de la toma al Capitolio de Estados Unidos-. Ya hace algunos años en diversas redes sociales como Reddit y 4chan, diversas teorías han venido cobrando fuerza, sobre todo desde el ascenso de Trump como presidente.


Estas teorías han logrado obtener millones de adeptos a nivel mundial, pero su reacción a las grandes élites, a las corporaciones explotadores y a las agendas globales, se fundamenta no sobre una oposición a la manera en la que se ha desempeñado el sistema económico o la gestión política, sino sobre un rechazo al progresismo, a los inmigrantes, a los derechos humanos que algunas agendas suponen -como los derechos de la mujer y LGTB- o al fantasma del comunismo que algunos repiten al ver mascarillas de protección contra el Covid.

Muchos pueden ver esto como algo lejano, como algo que solo podría ocurrir en un país tan variopinto como es Estados Unidos. Sin embargo, no debemos olvidar dos cosas. En primer lugar, frente al caos que ha generado la pandemia del Covid a nivel mundial, un caos que provocó que la maquinaria social, ya de por sí frágil y endeble, termine de fragmentarse; las teorías de conspiración representan una respuesta simple y clara frente a lo inentendible y la incertidumbre. En este contexto, han aflorado muchas teorías conspirativas en torno al manejo de la pandemia en diferentes países, incluido el Perú. Ahora ya no resulta algo lejano, pues desde el comienzo de la pandemia pudimos leer desde cómo la OMS o el 5G fueron responsables del COVID, hasta como Bill Gates buscaba implantarnos un microchip por medio de la vacuna. De hecho, hasta resulta lógico que lo incierto genere pánico colectivo y que necesitemos una respuesta que pueda copar todas nuestras dudas de manera simple.

Sin embargo, y en segundo lugar, esto presenta un riesgo. Como dijo Roosevelt, en política nada ocurre por casualidad, y es que hay personajes que capitalizan e instrumentalizan este miedo para sus propios fines. Así, en este contexto de elecciones, hemos visto que hay medios de comunicación y periodistas -como Beto Ortíz, Willax o Phillip Butters- y candidatos políticos, que utilizan estos discursos de manera peligrosa para impulsar sus propias agendas conservadoras y reaccionarias; que la derecha conservadora en un contexto de crisis ha logrado resurgir y consolidarse pese a la adversidad de defender un sistema económico que se mostró como insuficiente en el 2020. No sabemos qué pasará durante estas elecciones. Las encuestas nos han mostrado cómo candidatos que estaban en la cima como Forsyth, han bajado, mientras que Lescano, Verónika y Lopez Aliaga han subido; pero algo es seguro, la derecha conservadora ahora tiene una base electoral sólida que se alimenta en buena medida de gente que cada vez más va consumiendo fake news y teorías conspirativas, y no debemos dejar eso de lado.

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