Las elecciones, las redes sociales y el Perú hacia el bicentenario



El Perú de cara al bicentenario no es el Perú de hace unos años. En la actualidad, podemos reconocer una serie de procesos políticos, culturales y económicos que han transformado sustancialmente el panorama de nuestro país. Podríamos hablar, por ejemplo, de un progresivo proceso de destradicionalización, con la implementación del enfoque de género en las escuelas, la ESI o la lucha por el reconocimiento de las minorías sexuales; de las transformaciones tecnológicas, las cuales han expandido las expectativas de la gente y democratizado el acceso a diversos recursos; de la ampliación del sector de la clase media y la mejora en sus capacidades adquisitivas; en fin, podríamos mencionar, sin duda alguna, muchos cambios que nos muestran el Perú de hoy como un Perú relativamente más moderno.


Sin embargo, porque siempre hay “peros”, el Perú, con sus casi 200 años de vida republicana, no ha dejado de ser un país sumamente desigual, centralizado y fragmentado. Hoy en día, estamos a solo horas de escuchar el primer flash electoral de las elecciones presidenciales y, si las encuestas no se equivocan, lo que podemos percibir de las mismas es que existe una diferencia abismal entre los intereses de los diferentes sectores del país. Desde la clase media ilustrada y progresista que defiende férreamente a Verónika Mendoza, o la clase media “liberal en lo económico” votando por Hernando de Soto, hasta los sectores socioeconómicos C/D1 que se dividen entre candidatos como Castillo, Keiko o Acuña; lo que podemos percibir es que existe una sustancial diferencia entre las expectativas y demandas de las personas. No sería descabellado afirmar que estas son, posiblemente, las elecciones más estresantes e impredecibles que hemos tenido, pues, si sumamos el contexto de la crisis sanitaria, la situación precaria del sistema de salud, la corrupción y la crisis política que viene arrastrándose desde el gobierno de PPK, lo que tenemos es un cóctel explosivo de incertidumbre política.


Más aún, y en el actual contexto de confinamiento que vivimos, ha ocurrido algo muy particular que inevitablemente ha moldeado parte de este proceso electoral. Con el encierro, las redes sociales se han vuelto el espacio idóneo para manifestar nuestras opiniones políticas y expresar nuestra angustia. No sorprende que, durante las últimas semanas, éstas no hacen sino mostrarnos el hartazgo y la falta de confianza en la política, lo cual se evidencia en la cantidad excesiva de personas que afirman que no saben por quién votar, y en la tendencia particular de estas elecciones de suscribir medidas populistas – como ocurre con la gente que, harta de la corrupción, votará por Lopez Aliaga, quien afirmó que expulsará a Odebrecht y demás empresas-. Además, hemos podido observar cómo nuevas redes, como es el caso de TikTok, han tenido protagonismo al momento de difundir información sobre política, aunque esta no sea siempre bien fundamentada. No olvidamos, pues, el caso de la influencer que nos habló de lo que dijeron “Karl y Marx y toda esa gentita2” cuando trató de explicar por qué la distribución de bonos no era una política económica efectiva -aunque el FMI, una institución históricamente de derecha, lo promueva-. Igualmente, Twitter ha explotado en materia política. Esto se refleja, por ejemplo, al ver a López Aliaga siendo tendencia constante por sus comentarios estrafalarios, las disputas diarias entre los votantes de Juntos por el Perú y los del Partido Morado, etc.


Así, las redes sociales han sido un espacio que ha canalizado gran parte de la actividad política de estas elecciones, ya sea para la difusión de información, como para discutir, difamar, mentir y desmentir. Sin embargo, si bien es importante reconocer ello y darle el crédito que merecen, no podemos cometer el error de pensar que estas reflejan fielmente la realidad. Como bien sabemos, las redes sociales se manejan por algoritmos y clústeres de información, por lo que es inevitable que estemos rodeados de opiniones afines a la nuestra y gente que comparte nuestras preferencias políticas. Un error así se ve expuesto cuando, tanto la izquierda progresista como la derecha, pegó el grito en el cielo al ver el avance de Pedro Castillo en las últimas encuestas, quien tiene entre sus votantes mayoritariamente a gente de sectores socioeconómicos más bajos.


Frente a este panorama, nada está realmente dicho. Las redes sociales, si bien nos muestran ciertas tendencias, siempre estarán sesgadas y no reflejarán con objetividad la intención de voto de la población. Igualmente, las diferentes encuestas realizadas por las instituciones pertinentes tampoco aclaran nuestras dudas, pues muestras información con mucha variabilidad y pocas coincidencias. Sin embargo, lo que sí es seguro es que la mayoría del país no se quedará conforme con el resultado de estas elecciones y es muy probable que, independientemente de lo que ocurra, alguno de los candidatos afirme que ha habido fraude electoral. Como ya vimos con el aparente quíntuple empate técnico, el escenario de una segunda vuelta obligará a muchos a cambiar el voto por convicción; y es que, pese al paso de los años, parece que hay una tendencia que jamás cambiará: El voto por el mal menor.


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