JUDAS Y EL MESÍAS NEGRO: CRÍTICA



*Antes de seguir leyendo, debo aclarar que este texto contiene spoilers, además de información que ya es conocida por ser un momento difícil en la historia de los Estados Unidos. Si se es consciente de ello, pues bienvenida sea su lectura. *

Lo que Shaka King ha logrado en su segunda película es no caer en el politicismo del teatro filmado. Judas y el mesías negro es cine de principio a fin, una película que narra con las imágenes y usa muy bien los planos para transmitir las emociones de sus grandiosos personajes. Si bien en esta temporada de premios Netflix ha sacado la mayor cantidad de nominaciones, no hay ninguna película de esta productora (que claramente ya es un GRAN estudio) que inclusive presenta películas “similares”, que me haya generado enormes sensaciones de este placer fílmimco como lo hizo Judas y el mesías negro, hablando estrictamente de las películas que cuentan con nominaciones a los Oscars 2021 (The Trial of the Chicago 7, Ma Rainey's Black Bottom, etc, de las cuales no digo que sean malas, pero sí menores en comparación a la gran película de King).


La cinta presenta el complejo camino de la traición, tal como su nombre Judas lo indica. Se ubica en Chicago, más específicamente en el ala de las Panteras Negras por aquellos años sesenta. “Ningún individuo crea una rebelión, la rebelión se crea a través de las condiciones” dice un miembro de Las Panteras Negras mientras las imágenes documentales se presentan en la secuencia inicial. En seguida pasamos al discurso racista, macartista y medieval del entonces director del FBI John Edgar Hoover, quien alegaba a micrófono abierto entre su séquito de detectives que deberían frenar el avance del comunismo impulsado por el grupo político Black Panther Party y una posible “beatificación” de su líder “el mesías negro”.


Después de la introducción, se nos muestra a Bill (Lakeith Stanfield) un ladronzuelo de autos, quien se hacía pasar como agente del FBI para efectuar sus particulares robos. Aquella noche, el FBI lo detiene y le ofrecen un trueque. Información por libertad o, más bien, entrometimiento y traición, que es en lo que se transforma la oferta. A partir de aquí, Bill no solo gana la confianza de las personas a quienes engañaba (Los panteras negras), sino que se vuelve su jefe de seguridad, un tipazo de confianza… una liebre entre los conejos: oculto de manera perfecta.


Judas y el mesías negro juega con la pasión, la de los ideales, que son transmitidos por quien en vida fue Ferd Hampton a través de una fantástica interpretación actoral de Daniel Kaluuya. Donde no solo la tremenda gesticulación y el cambio físico impresionan, sino que los movimientos, la oratoria y el pulso que ofrece en cada escena hacen de este complejo ejercicio histriónico una notable y magnética actuación.





No disimula ni resalta con tibieza lo que hay que mostrar: El marxismo-leninismo-maoísmo, la efusiva idea revolucionaria, adquirida por un joven Fred, quien admira a otro joven revolucionario de su época (Guevara). No tiembla al encuadrar las clases que Fred dictaba a sus camaradas, tampoco para denunciar sus actos de violencia, como el asesinato a policías, con quienes decían estar en guerra.


Y eso era lo que Fred creía esencial para un cambio, a pesar de vivir en un país supremacista, con severos problemas estructurales de racismo y de abuso hacia las minorías, este grandioso orador de la extrema izquierda estadounidense era capaz unificar a los blancos oprimidos de chicago y a otros grupos de negros de la ciudad.


Si bien es cine que podría (mal) etiquetarse como “cine político” que lo es, no resulta un ejercicio saludable dejarlo como tal. Judas y el mesías negro es un thriller también, uno que revive ese estilo Scorsesiano de poder y culpa. Por ahí va también, esperemos, lo que le queda por demostrar(nos) a Shaka King y también al fotógrafo Sean Bobbitt, quienes en el plano más precioso y desgarrador de la película, deciden colocar a Fred en segundo plano y desenfocado, sin profundidad de campo, nadie salvo sus asesinos fueron quienes le vieron morir, en una habitación en la cual se encontraban más de 5 personas, incluyendo a su pareja Deborah Johnson (Dominique Fishback) quien está a un costado del encuadre durante 30 segundos, en primer plano, sin soltar una lágrima, pero con un rostro que (nos) lo dice todo.


Y es que al final, pese a cualquier refutación científica, metafísica, social, cultural o espiritual, ganan los de siempre. Juzgue el espectador y lector si son victorias limpias o sucias, juzgue, si está en facultad de hacerlo, si son, a fin de cuentas, justicias o injusticias. Resulta complejo este enfrentamiento de voluntades, de uno mismo y con otros, resulta difícil esta aceptación de ideologías contrarias (en las que casi siempre se es imposible consensuar), y para mí fue eso lo que más, inocentemente, rescato del filme, que no da lecciones de sus propios y bien expuestos ideales, sino que retrata con gran nobleza una de las páginas más oscuras en la historia de los estados unidos. En fin, cine que nos deja perplejos.

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