Historia de un deicidio





La semana pasada, el nombre de Mario Vargas Llosa hizo eco en los distintos medios físicos y digitales del país; causando un gran revuelo y fragmentando el sentir de los opinólogos del social media y de otros que se llegan a expresar con mayor lucidez. El nobel peruano, sabiéndose responsable de la gran influencia y autoridad que sus palabras tienen; exhortó a los peruanos a votar por la señora Keiko Fujimori en aras de la democracia y el posible descarrilamiento del país debido a una posible “dictadura” de lo que representa el socialismo de Pedro Castillo.


Nuestro “Sartrecillo valiente”, quien en su juventud leía afanosamente —casi como un devoto— al filósofo francés Jean Paul Sartre, y se entusiasmaba como cualquier joven intelectual latinoamericano de mitad del siglo XX por la revolución cubana. Viajó a Cuba en 1962 como periodista para cubrir la Crisis de los Misiles y se maravilló con lo que significaba esta primera afrenta latinoamericana al imperialismo yanqui: «Vi un país que parecía vivir en el fervor de la igualdad. Era una revolución libertariaClaro, esto hasta el desencanto de Cuba y el afianzamiento de Castro en el poder; y, sobre todo, tras el Caso Padilla, que lo hizo cuestionarse y adoptar una nueva postura ideológica para lo que sería el resto de su vida.


Ahora, y con más de 80 años de experiencia vívida e intelectual, el defensor del modelo neoliberal escogerá lo que para muchos significa la democracia para este nuevo gobierno del 2021-2026. Mario Vargas Llosa nos dejó claro en su columna para el diario El País que escogerá ponerse la venda en los ojos y se tapará los oídos para que los recuerdos del fujimorismo no sumerjan a la hora de las votaciones. Al parecer, y con los años, la sabiduría puede no llegar sola —o puede no llegar nunca—; el conformismo, que tan bien lo conocemos en nuestro país, puede ser también una cualidad de la senectud.


Pero dejando la postura ideológica de Marito a un lado, la admiración que este ingrato articulista tiene a la obra literaria de Mario Vargas Llosa es innegable. Separar la vida del autor con su obra —en ocasiones— es importante para realizar un ejercicio hermenéutico objetivo. Está de más hablar de las tres primeras novelas de Vargas Llosa, que lo catapultaron a la fama mundial que se merece como escritor. Está de más hablar de sus otras obras menores, pero igual de placenteras para el lector: Lituma en los Andes, El Hablador, Historia de Mayta, ¿Quién mató a Palomino Molero?, etc. Estaría de más hablar de La guerra del fin del mundo que nos recuerda tanto a Conversación en La Catedral por su técnica, pero ésta vez ambientada en la Bahía de finales del siglo XIX. Mucho se ha escrito sobre estos textos y se les ha dado mil interpretaciones. Sin embargo, existe un libro menos conocido de Mario Vargas Llosa que será reeditado nuevamente casi 50 años después en este abril pandémico. Gabriel García Márquez: Historia de un deicidio (1971) fue la tesis doctoral de Mario Vargas Llosa que escribió sobre la vida del nobel colombiano desde sus primeros cuentos hasta Cien años de soledad. En esta tesis, Llosa aborda a lo largo de 600 páginas la labor creativa del escritor como hacedor de universos ficticios, asemejándose a Dios en su proceso creador y rebelándose y reconstruyendo la realidad palpable: «Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad. Es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real, de su sustitución por la realidad ficticia que el novelista crea».


De este libro solo se conoce hasta la fecha una sola edición y una reimpresión, y se creó un mito a través de este alimentada por el alejamiento entre los escritores debido a la riña que tuvieron. Junto al libro, Alfaguara también volverá a reeditar: La novela en América Latina. Diálogo entre M. Vargas Llosa y G. García Márquez que recoge un dialogo fructífero entre ambos escritores en torno al desarrollo de la novela latinoamericana que tuvo lugar en el auditorio de la Universidad de Ingeniería.


Si bien las discrepancias ideológicas con Vargas Llosa son hoy más latentes que nunca, esto no inhibe su labor literaria en pos de lo que siempre amó: literatura.

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