Este Perú de todas las sangres también es el nuestro




El día de ayer se cumplieron 51 años de la partida de José María Arguedas, uno de nuestros escritores más importantes y en cuya obra se encargó de representar la vastedad cultural de nuestro país, así como sus fragmentaciones y vínculos. Resulta importante recordarlo justo en el momento actual, mientras atravesamos la crisis política más aguda que hemos tenido desde la caída del fujimorato, pero sobre todo en medio del cuarto día de protestas en Ica por parte de los trabajadores agrarios en contra de la explotación sufrida por la ley de Promoción Agraria (27360), a los que se sumaron hoy día agricultores en el valle del Chao, Trujillo y en donde, lamentablemente, un joven llamado Jorge Muñoz Jiménez fue asesinado por las fuerzas policiales. Para empezar, son claras las estrategias que se han utilizado para criminalizar la protesta. Ya todos hemos presenciado las tácticas de “terruqueo” que han proliferado tanto de parte de los Cilloniz (principales defensores del régimen explotador) como de “periodistas” e incluso de forma institucionalizada, en la forma del show que el Ministerio del Interior nos ofreció con la captura de 67 integrantes de Sendero Luminoso, afirmación que desde el mismo enunciado se cae de ridícula.


Si bien este mecanismo de criminalización no ha funcionado en gran medida, puede ser señalado como un instrumento de la extrema derecha para conservar un sistema económico que a todas luces mantiene en condiciones deplorables a miles de trabajadores. Pero no son solo ellos. Desde la derecha más moderada y liberal existe asimismo un apoyo real hacia este régimen que consiente que los explotados sigan explotados y sean asesinados, lo cual es comprobable revisando las tendencias políticas de los congresistas que votaron a favor de ampliar la efectividad de la ley hasta el 2031 y de los que, ayer mismo, votaron por regresar a comisión el proyecto de derogatoria de la Ley 27360, prolongando las manifestaciones y causando, como ahora lo sabemos, la muerte de un joven muchacho. Los pedidos reales de los trabajadores agrícolas siguen sin ser escuchados y ello nos rememora a los tiempos de feudalismo y esclavitud que nuestro país vivió de forma descarnada hasta hace unos 50 años.


Y entonces, ¿qué hemos aprendido? ¿En qué hemos cambiado? ¿Acaso seguimos siendo el Perú de las desigualdades abismales que describió Arguedas en sus textos, donde el color de la piel y la procedencia cultural definen nuestro lugar arriba o abajo? Nos dicen que no, que ya no hay racismo ni clasismo y que, en este caso, los trabajadores agrícolas tienen todos los beneficios que se les puede dar. Ya conocemos en qué se traducen esos beneficios: sueldos que no alcanzan el mínimo a pesar de las largas jornadas de trabajo, inestabilidad laboral, tratos deplorables y brutalidad policial, al más puro estilo de los gamonales de antaño (y no tan antaño como parece). Lo que el “milagro económico” nos ha traído es la precarización de la formalidad, el engaño de las cifras macroeconómicas, la indiferencia ante los abusos.


Lo que más apena es justamente esa indiferencia con los trabajadores explotados de gran parte de la ciudadanía. En la marcha convocada el día de ayer en el Centro de Lima en solidaridad con lo que ocurre en Ica, la asistencia fue ínfima. A diferencia de lo que ocurrió con las masivas movilizaciones en contra del golpista Manuel Merino, donde vimos un despliegue juvenil enorme, tanto en las calles como en las redes, parece que continúa primando esa concepción de que, si no sucede en Lima, no es importante. Es por ello necesario el estrechamiento de vínculos entre la clase media urbana, que en su mayoría fue la protagonista de las marchas contra Merino, y la clase trabajadora que ya está harta de los abusos. Los levantamientos avanzan por todo el país y las muertes de inocentes no se detienen. Ayer fueron Inti Sotelo y Jack Bryan Pintado, hoy es Jorge Muñoz Jiménez. En momentos como estos la unidad de todos es la única manera de contrarrestar las injusticias y exigir por una vida digna que, si bien algunos ya poseen, otros solo aspiran en sueños y eso es motivo suficiente para movilizarnos. Ya llegará el día en el que este país de todas las sangres sea verdaderamente el país de todos los peruanos y donde, en palabras de Vallejo, nos veremos con los demás, al borde de una mañana eterna, desayunados todos.


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