El desengaño de la “Generación del Bicentenario”: el cambio que nunca se buscó



El día de ayer murieron dos jóvenes por proyectil de arma de fuego en medio de las protestas de los trabajadores agrarios en Virú, La Libertad. Sus nombres eran Kanuner Rodríguez de La Cruz y Reynaldo Reyes Ulloa. El primero un menor de edad de 16 años y el segundo un joven de 27. Los trabajadores decidieron reanudar el paro luego de que el Congreso aprobara una nueva ley agraria que no atendía gran parte de sus pedidos y que, realmente, no era otra cosa que una Ley Chlimper 2. La represión policial ha sido brutal desde el inicio de las movilizaciones en Ica y La Libertad en contra de la agroexplotación y estas dos muertes se suman a la de Jorge Yener Muñoz, con lo cual este gobierno de transición lleva un saldo de 3 asesinatos en menos de un mes.

Tal horrorosa situación pone sobre la mesa dos preguntas urgentes a discutir. En primer lugar, a estas alturas, ¿qué diferencia a Manuel Merino de Francisco Sagasti? Ni bien se conoció el asesinato de Inti Sotelo y Jack Bryan Pintado la noche de 14 de noviembre distintas voces de diversas tiendas políticas salieron a exigir la renuncia de Merino y a señalarlo como el principal responsable. Ahora, son pocas las voces que piden lo mismo y sorprende la defensa que muchos están realizando a favor de Sagasti y de su ministro del Interior Jorge Elice. Se suponía que la brutal represión en contra de los manifestantes era algo propio de una dictadura como la impuesta por Merino, pero el caso es que el nivel de brutalidad ha sido el mismo contra los trabajadores agrarios.

La diferencia radica en que no ha sucedido en Lima, sino en provincia y ha sido en el gobierno de un “presidente de lujo”, blanco y lleno de estudios académicos que, al parecer, certifican su integridad como ser humano. El clasismo y racismo se han impuesto en la criminalización de protestas legítimas llevadas a cabo por, lo que parece ser el caso, ciudadanos de segunda categoría. Como son obreros, pobres, en muchos casos sin estudios y no blancos, no tiene sentido respaldar sus derechos porque no merecen derechos. Ese es el mensaje que se percibe estos días. En segundo lugar, y en relación con lo último expuesto, surge una pregunta más importante que ayuda a entender la diferencia entre una y otra protesta: ¿Dónde está la “Generación del Bicentenario”? ¿Dónde están esos jóvenes que salieron a marchar para defender la “democracia”? ¿Dónde está ese apoyo masivo en redes sociales que vimos durante la dictadura de Merino? Ahora resulta claro qué fue lo que motivó a tantos a manifestarse en noviembre y qué era lo que se buscaba. No era un retorno a la democracia, era un retorno al status quo, al mismo sistema que mantiene oprimidos a millones de peruanos desde hace 30 años y que se disfraza de crecimiento macroeconómico.


Los principales protagonistas de las marchas contra Merino fueron jóvenes pertenecientes a la clase media urbana, en especial la limeña, quienes vieron en peligro las comodidades de las que tanto han gozado en perjuicio de otros. Claro que hubo diversos sectores involucrados, pero la razón por la que tuvieron tanto apoyo fue por la participación de ese sector en específico. Realmente no hubo una verdadera solidaridad de clase, sino la defensa de intereses individuales.

Muchos tuvimos esperanza de un despertar politizado y social comprometido con el resto de peruanos que son explotados y criminalizados. Con miras al bicentenario, ¿cómo no creer en ello? ¿cómo no creer que lo de noviembre era un primer paso hacia un Perú más solidario y justo, camino a una refundación del país que no tuviera en sus bases la discriminación histórica que nos ha caracterizado? Lamentablemente, no fue el caso. El casi nulo apoyo a los trabajadores agrícolas lo ha probado, así como el hecho de que aún prima la diferenciación que muchos peruanos sienten entre ellos. Parece que será trabajo de otra generación el eliminar los límites que nos separan entre nosotros dentro de este vasto, diverso y complejo lugar llamado Perú. Eso no significa que debamos resignarnos a la apatía. Hay mucho por hacer, por lo que levantar la voz y por lo que luchar. Es necesario continuar aun cuando no podamos ver la luz al final del túnel, ya que quizás ese sueño no nos corresponda, sino a los que vendrán después y seguirán construyendo una verdadera nación donde todos podamos sentirnos parte de un mismo país. Por: Kevin Rivera

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