• Sol Pozzi-Escot Noriega

El autogol de los "despiertos"



Todos tenemos ese amigo, ese tío, ese conocido, que comparte, a diario y sin parar, contenido conspiranoico. Que la culpa la tiene Soros, que Bill Gates va a llevar el rastro hasta de cuántas veces iremos al baño después de recibir la vacuna, que todo lo que está sucediendo hoy es culpa de unos seres lagarto que toman sangre y matan niños... Sin embargo, en esta oportunidad, no intentaremos cuestionar cada una de estas creencias, sino buscaremos acercarnos a la razón por la que todos aquellos que caen en este pensamiento casi paranoide se están metiendo un enorme autogol. No solo a ellos, de hecho, sino al pensamiento libre como idea.


La cultura “woke” (despierta, en español) ha llegado para quedarse. Digamos que esta se ha establecido como la contracultura que nos merecemos: en muchas oportunidades, se basa en la ignorancia, el prejuicio y el resentimiento social, para propagar ideas peligrosas y, a veces, descabelladas. Quienes pertenecen a la cultura “woke”, se oponen directamente a las “ovejas”, es decir, aquellos que siguen ciegamente todo aquello que la cultura “oficial” (la ciencia, los medios masivos, los políticos) afirman. Si queremos ir más allá, podemos decir que nace de una enorme necesidad de ser reconocido como diferente a los demás, como más avanzado y, por lo tanto, intelectualmente liberado.


Pero sabemos que no es así. Veamos un ejemplo: ciertos grupos conspiranoicos afirman que la actual pandemia del COVID-19 fue creada por el hombre para reducir la población, siguiendo los preceptos de los maestros del eugenics, que buscan reducir la población mundial para de esa manera beneficiar sus propósitos, sobre todo económicos y políticos. No hay, en efecto, ninguna prueba que sustente esta afirmación. Sin embargo, existen muchas razones para creer que la pandemia que hoy azota al mundo no comenzó porque un chino decidió, un buen día, comerse al murciélago incorrecto. De hecho, todo apunta a que el virus se escapó de uno de los laboratorios de la ciudad de Wuhan que experimentan con coronavirus de murciélagos, y muchas veces en condiciones no muy apropiadas. Entre la segunda afirmación, basada en un mínimo de información certera y corroborada, y la segunda, hay años luz de distancia. Y es ese el autogol.


Desde la Grecia antigua, los filósofos insisten en una cualidad sin la cual la ciencia y el conocimiento humano no serían posibles: la duda, el cuestionar. Si el conocimiento se diera por sentado, seguiríamos, hoy, frotando piedras para iniciar fuegos, ya que nunca nadie se hubiera preguntado si existe una mejor manera de cocer los alimentos. Por lo tanto, los “woke” poseen una cualidad esencial que todos debemos poseer. El problema viene cuando esa creencia no es fruto de un cuestionamiento racional, sino de un arrebato paranoide. En ese sentido, podemos decir que los “woke” fueron víctimas de su propia curiosidad, de su propia necesidad de respuestas, cayendo en una serie de creencias que pueden solamente ser consideradas como religiosas, como mágicas: no se sostienen en lo concreto, sino en la interpretación subjetiva de hechos interconectados y mal analizados.


Y es ahí, creemos, que radica el autogol de los despiertos: permitieron que un saludable sentimiento de inconformidad ante lo oficial se transforme en creencia mágica y supersticiosa. Volvieron al primer nivel, aquel que justamente criticaban. El pensamiento, en ese caso, deja de ser libre y se somete a un conjunto de dogmas (que la pandemia es una farsa, que Bill Gates la creó para ganar plata, etc) que lo vuelven a encerrar en lo más profundo y oscuro de la caverna.


La solución a eso, creemos, se encuentra en la mesura: saber que el discurso oficial no es infalible ni siempre bien intencionado, pero, se sostiene en algo mínimamente certero, el método científico. Cuestionar, amigos despiertos, no significa refutar todo adolescentemente. Por lo contrario, requiere de mucha madurez para evitar caer en los extremismos y en la ceguera.



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