Edgardo Rebagliati, pasión y legado: una entrevista a Ana María Malachowski

Ana María Malachowski no conoció a su abuelo, Edgardo Rebagliati Martins, periodista, abogado y creador y promotor de la Ley del Seguro Social en el Perú. Sin embargo, su pasión y las enseñanzas de vida que le legó, la acompañan hasta la actualidad, y se manifiestan a través de las bellas crónicas que, hoy, Ana María escribe. El legado de Rebagliati, de hecho, va más allá del hospital que lleva su nombre: esconde las cualidades que todo peruano debería poseer y, que hoy, urge recuperar. Conversamos con Ana María, quien, a través de la figura de su abuelo, nos hizo un vivaz y apasionante retrato de un momento en el tiempo que se fue, pero cuyo valor persiste hasta hoy.


Ana María Malachowski, autora de crónicas y

difusora de la historia de nuestro país

- Me comentaste que existe una idea equivocada, en el imaginario popular, respecto a Edgardo Rebagliati. Cuéntame un poco más acerca de ello.


-Sí, las veces que he escrito sobre mi abuelo, muchos en sus comentarios, sorprendidos, me decían que creían que Edgardo Rebagliati Martins, por estar su nombre en el frontis del antiguo Hospital del Empleado, había sido médico. Mi abuelo, nacido en Huánuco en 1895, estudió Jurisprudencia y Ciencias Políticas en la universidad de San Marcos, egresando en 1922. El Hospital lleva su nombre porque fue mi abuelo quien, con su puño y letra, escribió la ley que crea el Seguro Social Obrero.

Edgardo Rebagliati cumpliendo con sus labores


- Edgardo Rebagliati fue abogado y periodista. ¿Cómo entiendes su interés, su pasión, por la gestión en salud?


-Yo creo que fue por la rama de seguros que escogió, la que, de alguna manera, lo llevó a interesarse por los temas de salud que luego lo hizo recorrer todo este largo camino de la Seguridad Social.


-Edgardo Rebagliati fue uno de los que idearon y pusieron en marcha el sistema del Seguro Social del Perú. Pongamos eso en contexto: ¿antes de ese hito, cuál era el estado del sistema de salud en el Perú?


- Alguna vez leí en la revista Mundial que antaño, la atención en los hospitales estaba traducida, por influencia de la religión, en un sentimiento caritativo. Fue recién a mediados de los treinta cuando el Estado asumió el rol que le correspondía a fin que la atención a los más necesitados no fuera una dádiva, sino una obligación, un derecho del ciudadano ante los riesgos de enfermedad, invalidez, vejez, etc. Cuentan que en tiempos del general Oscar R. Benavides, a falta de servicios de salud, educación y previsión, en las calles se dejaba escuchar la molestia de los ciudadanos. Algo que hasta ese momento se había dejado de lado ya que ni Ministerio de Salud existía pues este fue creado recién en 1935. Hasta entonces sólo existía una ley promulgada en 1911, la ley de Indemnización por Accidentes de Trabajo formulada en 1904 por el doctor José Matías Manzanilla, su maestro en la universidad. Fue por esos días de 1935 cuando el presidente llama a mi abuelo que, como abogado, se había especializado, como dije anteriormente, en la rama de seguros, para que asuma la misión de plantear la realización del Seguro Social Obrero. Aquí empieza todo, cuando sin perder tiempo, toma el primer barco que lo llevaría por Chile, Argentina y Uruguay para estudiar el sistema que con éxito se había implementando en esos tres países. Tiempo después y luego de largas madrugadas, entre cafés negros y cigarrillos rubios, salió a la luz la ley 8433, ley que creaba la Caja Nacional del Seguro Social Obrero promulgada en agosto de 1936, la misma que organiza y en la que es nombrado Director Gerente. Esto, después de largos y caldeados debates pues muchos rechazaban este novedoso sistema, sobre todo, el gremio minero que protestó porque era a ellos que, como les explicó mi abuelo, por las condiciones de trabajo en profundos socavones y respirando aires enrarecidos, debían pagar más que los otros. Hubo quejas por todas partes, de los empresarios y de los trabajadores que veían recortados sus ingresos; fue una ley repudiada en sus inicios, que estuvo a punto de peligrar, pero que pronto, al entrar en funcionamiento el Hospital Obrero, la cosa milagrosamente cambió. Años más tarde, fue el general Manuel A. Odría quien lo llamó para la implementación del Seguro Social del Empleado.


-Se suele asociar a la figura de Odría la idea del populismo. ¿Estás de acuerdo con esa visión? ¿Qué diferencia ese populismo del populismo que vemos hoy, por ejemplo, en el Congreso de la República?


-Edgardo Rebagliati fue Ministro de Salud entre 1950 y 1952, año en que renunció a la cartera. Sobre el populismo en épocas de Odría, leí no hace mucho que la salud pública, más allá de sus fines humanitarios, etc., fue entendida como una herramienta política para atraer apoyo electoral. El gasto en salud se incrementó para construir numerosos hospitales en Lima y provincias, hubo campañas de erradicación de enfermedades, etc. Es decir, al construir hospitales, colegios y viviendas, de alguna manera, Odría, alejaba a los ciudadanos del comunismo, tan presente en esos días. Hoy el populismo que se hace desde el Congreso diría que no construye, más bien, puede destruir la economía de un país. Es un populismo fácil e interesado pues es muy sencillo hacer una ley para que mañana, por ejemplo, a todos se les devuelva sus pensiones sin importar si pueden o no pueden ellos así disponerlo. La cuestión es ganar popularidad para que así la gente los recuerde; sin embargo, es esa misma gente la que menos les importa a pesar que por ellos, por su voto, están allí bien sentados haciendo leyes que al final, por no servir para nada, terminan en el tacho de la basura y hasta incineradas. Este es el populismo de hoy en día.


-Es interesante también valorar la labor de periodista de Edgardo Rebagliati. Me comentabas que fue redactor y posteriormente director del diario La Prensa. ¿Se podría hablar de una vocación altruista, casi de luchador social de tu abuelo?


-Mi abuelo llegó a La Prensa en 1915. Tenía veinte años. Lo llevó Augusto Durand, huanuqueño como él, quien por esos días, había adquirido el llamado diario de Baquíjano dirigido en ese entonces por Luis Fernán Cisneros. Años después, cuando el diario fue confiscado durante el régimen de Leguía, en 1919, cuando se convirtió en un diario oficialista, muchos de los redactores y periodistas, emigraron a Mundial, la revista que recientemente había fundado Andrés Avelino Aramburú; fue así como las amenas tertulias de La Prensa pasaron a desarrollarse en la revista de la pintoresca calle de Las Mantas. Allí estuvo hasta el cierre de la revista, luego de la caída de Leguía. Asumió interinamente la dirección de La Prensa en agosto de 1947; en enero de ese año, su Director y amigo, Francisco Graña Garland, había sido asesinado. Mi abuelo, más que un luchador social, fue, creo yo, altruista. Se entregó a su trabajo, amaba lo que hacía, lo hacía sin esperar nada a cambio. Sin esperar una recompensa o un aplauso. No esperó nada, sólo se entregaba a su tarea así en el camino se encontrara con algunos sinsabores o frases de fastidio que, por la misma ley, llegaron hasta sus oídos.


Edgardo Rebagliati, ejemplo de hombre contemporáneo


-¿Qué distingue al periodismo de esa época del periodismo de hoy?


-El periodismo de ayer cumplía una misión más altruista, estaba al servicio de los más pobres porque no habían otros canales para ventilar esos temas. Hasta antes de 1925 no existía la radio, el único medio era la prensa escrita. Periodistas de la talla de Alberto Ulloa o Luis Fernán Cisneros que sufrieron persecución por sus editoriales que eran poderosos dardos disparados hacia el gobierno de turno, pese a todo, jamás cambiaron su rumbos. Hoy los rumbos giran y cambian de acuerdo al interés. Ahora, con algunas excepciones, el periodismo está a la orden de algún grupo de estos que llaman políticos sin políticos; hay periodistas direccionados por alguno de estos grupos liderados, muchas veces, por gente corrupta e inescrupulosa; sin embargo, parece, que eso ya no importa. Hay periodismo que está a la orden, quizá, de algún poderoso empresario que con sus avisos llenan las páginas de un diario. Es, pues, el periodismo de hoy, el lado opuesto del periodismo de ayer.


-¿Se puede hablar, en relación a la primera mitad del siglo XX, de una época de oro del periodismo peruano?


-Lo dice Alberto Ulloa Sotomayor, compañero de mi abuelo en sus primeros años en La Prensa. Ulloa, periodista y diplomático, dice en una crónica que entre 1904 y 1915 fue la gran era del periodismo pues había vocación, había pasión, había bohemia. Todos eran periodistas o periodistas y literatos o periodistas y abogados. Eran los tiempos de Abraham Valdelomar y José Carlos Mariátegui, de Federico More y Alfredo González Prada, de Félix del Valle o Angela Ramos o de Luis Varela y Orbegoso y muchos más. Las épocas de Yerovi. Épocas en que el titular y los sucesos no dominaban ni desbordaban a los periodistas. Cuando el periodismo era fresco y limpio.


-Me cuentas que no conociste a tu abuelo. ¿Cómo te lo imaginas?


-No lo conocí y siento por ello una gran pena. A mi abuelo lo he ido conociendo a través de sus crónicas; de lo que de él hablaba mi mamá. Por las fotografías, mas su voz, la tengo grabada en mi imaginación. Lo veo a él sentado frente a su máquina, quizá una Remington, escribiendo apurado una semblanza o un artículo para la revista que había que entregar sin tardanza. Lo veo en correrías, yendo a los restaurantes o a los teatros de la época; andando entre las imprentas, el diario y la universidad. Lo veo siempre y siempre está conmigo.


-Considerando la situación que vivimos hoy en la pandemia, de carencias médicas, sin vacunas aún, ¿por qué crees tú que se dejó de lado al sector salud?, ¿cuándo comienza ese abandono?


-Creo que el abandono ha existido desde siempre. En verdad si miramos los hospitales vamos a ver que la gran mayoría son muy antiguos, construidos para una población mucho menor. El Hospital Loayza data, por ejemplo, de 1924 y es un edificio que, por su antigüedad, está pidiendo a gritos que lo ayuden. El Hospital Obrero, hoy Guillermo Almenara, fue inaugurado en 1939 y fue considerado en su tiempo como uno de los mejor equipados de América; el Hospital del Empleado, hoy Edgardo Rebagliati Martins, abrió sus puertas en 1958 con todo implementado. En verdad, a raíz de la creación del Seguro Social, se inauguraron varios hospitales y policlínicos en Lima, Callao y provincias. Hoy existe mucha dejadez. Mucha indiferencia. Mucho abandono pues el gobernante está pensando en sí mismo. Será por eso, también, que hay tanto afán de algunos de un día ser presidentes. Presidentes que, para salir en la foto, les encanta coger la lampa para colocar la primera piedra o que más tarde aparezca su nombre en una placa de bronce, después de inaugurar hospitales que por dentro están vacíos.


-¿Qué lecciones podemos aprender de Edgardo Rebagliati?


-Muchas. Su entrega, su amor, su desinterés por el dinero. Mi abuelo no se hizo rico, ni como abogado, ni como periodista, ni tampoco como ministro. Nunca tuvo casa propia. Era limpio de corazón, limpio en su trabajo. Dicen que su capacidad de trabajo agotaba a sus colaboradores. Ese ritmo de trabajo se lo llevó muy temprano pues murió a los sesenta y dos años.


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