• Sol Pozzi-Escot Noriega

¿Cuándo se jodió el quinquenio?



Ante el maremoto que viene significando el aún inconcluso quinquenio 2016-2021,a través del cual hemos pasado por 4 presidentes, 2 congresos y mil y un escándalos políticos, no podemos hacer más que añorar inocentemente los viejos tiempos, donde la política podía, aún, pasar sus reales intenciones a un segundo plano, y jugar el juego de la democracia. Sin embargo, la pregunta más grave, profunda, la que engloba todo el acontecer de nuestra hoy decadente clase política, se impone a toda otra: ¿cuándo se jodió el quinquenio? Intentaremos, en las líneas que siguen, ofrecer dos o tres líneas de reflexión en este sentido.


Muchos dicen que todo se fue al diablo cuando, en el 2016, Keiko Fujimori ganó el Congreso y PPK la Presidencia de la República. Lo sabemos: la cohabitación requiere de mucha capacidad política- llamémoslo por su nombre: maña- para mantener la gobernabilidad del país y evitar que pase, justamente, todo lo que ha venido pasando. A raíz de su derrota en las elecciones presidenciales, Keiko Fujimori dejó, efectivamente, la careta de Harvard, y dirigió una bancada obstruccionista que representó la piedra en el zapato del presidente PPK hasta que, por una suma de graves errores suyos y serias acusaciones que se le imputaron, tuvo que renunciar. Primer quiebre.


El cierre del Congreso, efectuado el año pasado por el ex presidente Vizcarra, puede también ser atribuido a este descalabro político. En efecto, tal decisión, si bien gozaba de gran apoyo popular, resultó - y la historia lo muestra- una medida cortoplacista que bien podría ser utilizada como ejemplo de esas situaciones en que la cura es peor que la enfermedad. Si el Congreso 2016-2019 fue criticado por su politiquería y obstruccionismo, el Congreso 2020-2021 resignificó estas críticas y las llevó hacia nuevas e impensables alturas, llegando hasta la vacancia de Vizcarra. Quien a hierro mata, a hierro muere.


Sin embargo, creemos que es posible atribuir nuestra penosa situación política a un hecho catalizador, que sirvió de confirmación de las sospechas de gran parte de la ciudadanía, y reventó, tal vez por siempre, el tipo de confianza que está depositaba en la clase política: el destape del caso Odebrecht, que, desde su explosión en el 2015, fue, poco a poco, dinamitando la imagen de cada sector y partido político que se le cruzó por delante. Digamos, en ese sentido, que lo que hizo el caso Odebrecht fue canalizar, otorgar un nombre propio, a las frustraciones populares ante la clase política. Si antes del caso Odebrecht los políticos podían jugar a las charadas y de alguna manera salvar cierto nivel de apoyo popular que podrían tener, después de este, muchos sectores de la clase política peruana quedaron expuestos como lo que son. Uno pensaría que un tal destape obligaría a la clase política a mantener cierta mesura en su actuar, para no irritar y alienar a los votantes. Pero no, 5 años después del destape original de Odebrecht, tenemos un Congreso gobernado por intereses personales que vaca al presidente de la República. Todos (incluido Vizcarra, quien ahora amenaza con postular al Congreso) se sacaron la careta. Quiebre total.


Es así que llegamos al mes de noviembre del año 2020, azotados no solamente por la irresponsabilidad de una clase política en su punto más bajo, sino por una pandemia que minó la economía nacional y las esperanzas de llegar fortalecidos al Bicentenario. Hechos recientes, como las Marchas Nacionales, en protesta contra la asunción a la presidencia de Manuel Merino, parecen renovar en cierta medida la narrativa. ¿Estamos ante un despertar? La esperanza dice que sí. La realidad, sin embargo, nos hace pensar que estamos ante un largo - ¿infinito? - camino, donde no hay garantía de nada. Bienvenidos a la nueva normalidad.

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