César Moro: el artista híbrido entre surrealismo y rebeldía

Updated: Apr 26




Alfredo Quíspez-Asín Mas, su nombre de nacimiento, fue reemplazado tempranamente al de César Moro por inspiración física del personaje del escritor español Ramón Gómez de la Cerna, en el relato “Reverte I”. Su actitud rebeldía y de disconformidad se vio reflejada por una escolaridad agitada, hasta hacerse echar por indisciplina por los padres jesuitas del Colegio Inmaculada. No obstante, siempre recordó su materia favorita, que le sirvió para abrirse las puertas al Viejo Mundo: el idioma francés.


Moro siempre fue un crítico de la conservadora sociedad limeña y cuestionó los parámetros sociales. Bajo esa razón, escribió: «veo, como cualquiera puede verlo, su explotación (al indio) en mayor o menor grado, al mismo título que los mestizos que poblamos la costa». Asimismo, su personalidad le enfatizaría el desapego de los estándares religiosos establecidos: la homosexualidad. André Coyné, escritor francés y difusor del poeta Moro, menciona que en el ámbito sexual fue iniciado de joven por un empleado de la casa, por lo que contradice lo común de la época que los hijos de los niveles socio económicos altos eran los que iban a iniciarse al sexo en el lecho del servicio.


A la edad de dieciséis años, empieza a frecuentar las tertulias dominicales de José María Eguren en su casa de Barranco. Gracias a ello, fue donde descubre la obra poética y plástica del único poeta simbolista de América. Lo considera “el Poeta por excelencia”. Él lo inspira a través de los libros y las revistas de las últimas corrientes literarias y artísticas vigentes o casi desconocidas, que recibía de Europa y de toda América, amparándose de la acogida que tuvieron en la revista Amauta de Mariátegui y las tertulias de Eguren.


César tuvo muy temprano el deseo de convertirse en otro hombre renunció a su nombre, a su país natal y a su lengua, él fue un claro ejemplo deconstrucción de su personalidad socialmente determinada para luego crear la construcción voluntaria de un nuevo hombre por la elección libre de su sexo, de su forma de vida y de arte. Cabe resaltar, que, a pesar de todas estas transformaciones, quedó inherente el carisma excepcional que lo identificó siempre hasta nuestros días.


En el rubro artístico, se incorporó de lleno en la vanguardia que rompería todo esquema de la época. Reflejado en la escena artística limeña de la primera década del siglo XX estaba dominada por el paisajismo naturalista ejercido por Teófilo Castillo e impulsado desde la Escuela de Bellas Artes. Sin embargo, Alfredo Quíspez-Asín, se lució con un estilo simbolista y decadentista que se caracterizó por abandonar el óleo y la técnica tradicional para acogerse a los dibujos en base a la tinta china y la acuarela. Fue en ese periodo donde destaca su serie costumbrista de la sociedad de Lima, demostrando su estilo experimental y vanguardista.


Sus gustos se verían transformados cuando arribó a la Galia, en 1925. Moro se inclinó primeramente por las geometrías cubistas y después practica la figuración lírica española, un estilo que se caracteriza por ser dibujos simples y sueltos. Francia acoge su trabajo en una exposición realizada en la Asociación de América Latina de París, junto con el artista modernista dominicano Jaime Colson.


El momento cúspide y que cambiaría su sino cuando su prima Alina De Silva, conoce a André Breton. De este modo, Moro entra en contacto con el mundo surrealista en todo su esplendor. Es importante mencionar que este artista estuvo directamente relacionado con la vanguardia, algo que pocos peruanos dedicados al arte pudieron experimentar.


Su obra ligada entonces al movimiento la plasma en su artículo programático en el año 1934: ʺLos anteojos de azufreʺ. En donde establece que el surrealismo anuncia que la poesía ʺno es, no puede ser más un refugioʺ, sino que ʺsu solo resplandor de incendio es una amenazaʺ (Los anteojos, p. 7). El poeta recalca que el surrealismo no sólo contempla el mundo, sino que busca transformarlo. En Lettre d'amour (1939) el poeta plasma por un lado, la exaltación del amor-pasión y por otro lado, un paisaje que acontece del ser y estar de los amantes. Así como los animales salvajes y las aves de presa se convierten en símbolos de la Tortuga Ecuestre (1938). André Coyné menciona que Moro tenía un cariño inigualable hacia las tortugas que llegó a criar un pequeño ejemplar de estos reptiles al que puso el nombre de Cretina. La cual se convertiría en el símbolo místico de poemas dedicados al cadete del Colegio Militar de México: Antonio Acosta Martínez, del que se enamora en los primeros días de su llegada México en 1938.


Podemos analizar que existe una retórica surrealista habitual: la poesía no es literatura, sino vida peligrosamente asumida, libera a instintos riesgosos y censurados por la sociedad; que en una actitud iluminista trata de someter lo irracional a un conocimiento racional; que no admite los códigos morales impuestos por la sociedad, ni se deja dominar por promesas fáciles de una vida feliz en el mundo celestial ni terrenal; que tiene una posición revolucionaria y no contemplativa frente al mundo.

Cabe mencionar, que esta actitud fue heredada del movimiento Dadá y la influencia de una cierta interpretación de Nietzsche en la Genealogía de la moral del año 1887. La cual enfatiza la libertad limitada del hombre por los parámetros sociales, tesis respaldada por Freud, que en sus primeros escritos afirmaba que la raíz de la agresión se basa esencialmente en una frustración instintiva. Nietzsche se refería a instintos y emociones reprimidas, que determinan nuestras acciones y pensamientos; sin embargo, no describe al hombre bueno pero salvaje de Rousseau, sino al ser humano sin ser bueno ni malo, ya que en la naturaleza no existen categorías éticas.


Como síntesis, a lo largo de su carrera, César Moro transitó por el simbolismo, el cubismo y, sobre todo, el surrealismo. Un poeta que fue crítico de la sociedad limeña, vanguardista en su estética, un artista muy activo e innovador, así como firme en sus convicciones. Asimismo, por el erotismo y el amor carnal impregnado en cada una de sus obras, la sexualidad que mostró con libertad desde muy joven, sin temer a la sociedad de otrora por su conservadurismo en la religión. Mario Vargas Llosa encarna a este autor prolífico en La Ciudad y los Perros en el profesor de francés llamado Fontana que enseñaba en el Colegio Militar Leoncio Prado. Además, cabe resaltar su personalidad confrontacional, reflejado cuando Moro tuvo que exiliarse a México por contribuir con un boletín en el año 1938, a favor del Comité de Apoyo en Defensa de la República Española, que buscaba la instauración de una monarquía en el Perú. Finalmente, aquella frase “Lima la horrible” que el mencionado artista escribió en su obra la Tortuga Ecuestre, en 1949, no fue popularmente conocida hasta que Sebastián Salazar Bondy le otorgó la fama al acuñar como título para su obra en 1964.


Un gran legado dejó para la modernidad y el vivir intenso, inigualable artista y escritor: César Moro.


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