• Sol Pozzi-Escot Noriega

BORAT 2: UNA OPORTUNIDAD DESPERDICIADA

Updated: Oct 27

La razón por la que la primera entrega de “Borat” (2006) tuvo tanta acogida, es porque originó, en los Estados Unidos, un debate que muy poca gente esperaba. En el 2006, la amenaza del terrorismo no era la misma que, digamos, 5 años antes, problemas sociales como el racismo se veían como relativamente controlados: eran tiempos, en principio, buenos y tranquilos. Sin embargo, un buen día, llega este extraño personaje interpretado por Sacha Baron Cohen y le muestra a todo un país que vive una mentira: el racismo es rampante, la violencia se esconde en lo cotidiano, como una amenaza. Funcionó. Hoy, 14 años después, la situación en los Estados Unidos es tan grave que uno, como espectador, no puede evitar hacerse la siguiente pregunta: ¿es realmente necesaria una película como “Borat: Subsequent MovieFilm”?


En la primera entrega, el elemento escandaloso, disruptivo, en la cotidianidad mostrada por este falso documental, era Borat Sagdiyev, reportero de Kazajistán enviado a los Estados Unidos por el Gobierno de su país para descubrir el secreto del éxito del país del Norte. En esta segunda entrega, sin embargo, es evidente que la realidad se ha vuelto más escandalosa y grotesca que cualquier ocurrencia que pueda tener este personaje. En ese sentido, muy pocos chistes resaltan, ya que creemos que la realidad social y política en los Estados Unidos se ha vuelto, en sí, una broma contra la cual resulta difícil competir.


Y esto se vuelve particularmente complicado si el personaje principal, Borat, termina siendo una víctima de la actualidad. Los chistes, en esta secuela, no son ni la mitad de ofensivos que en la primera, las situaciones no son tan chocantes (ni siquiera la parte con el ex alcalde de Nueva York Giuliani) y, en general, uno se queda como esperando que caliente la cosa, hasta que, eventualmente, la película se acaba. ¿Si Baron Cohen no va a llevar el humor al extremo, no lo está ya condenando a fracasar? Era justamente lo descaradamente escandaloso del humor de Borat lo que hizo que se comunicara el mensaje de manera descaradamente real. En la secuela, ese efecto no termina de cumplirse. Huele a autocensura ante un público ultra-sensible y dispuesto a “cancelar” a cualquiera.


Si en la primera película Borat era acompañado por Azamat Bagatov, productor de la cadena televisiva para la que realizaban el documental, en esta secuela es acompañado por-oh, sorpresa- una mujer: su hija, a quien debe entregar como regalo al Vicepresidente Mike Pence para salvar el honor de su país, después de la vergüenza mundial ocasionada por el primer filme. Desde ahí, es evidente lo que va a pasar: Borat es machista, no cuestiona nada. La hija, en Estados Unidos, se empodera, y se rebela. Borat aprende muchas cosas. La hija también. Eso no era lo que quería ver. En la primera película, Borat no estaba al servicio de ninguna agenda política (las escenas con Giuliani están siendo explotadas de manera ridícula por los medios liberales estadounidenses): sino, dejaba que la situación hablara por sí sola. En esta secuela, todo está dicho, todo es evidente.


Es claro que Baron Cohen ha desperdiciado una gran oportunidad. No nos dio la película que necesitábamos, sino la que esperábamos.


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