• Sol Pozzi-Escot

NEO-EDUCACIÓN EN TIEMPOS DEL CORONAVIRUS


Partamos de lo evidente: la educación va de la mano con el contacto humano. Hasta hace poco, una idea de educación que considera al educador y al educando como dos seres separados por el espacio, unidos a través de plataformas virtuales, era considerado anti-pedagógico, una treta de aquellos negocios abusivos que se hacen pasar por centros de educación superior. Hoy, no queda otra opción más que esa. ¿Es, sin embargo, una propuesta que podría, efectivamente, asegurar una correcta educación al alumno de una carrera de estudios superiores?

El fragmento de la novela “Pantagruel”, de Francois Rabelais, que se conoce como la “carta de Gargantua a Pantagruel” representa el ideal del programa educativo humanista. Se trata de una concpeción holística de la educación, en el sentido en que esta abarca diversos ámbitos del conocimiento, desde la literatura hasta las ciencias. Se trata de un programa de aprendizaje intelectual que debería tener como consecuencia la educación moral, social y religiosa de todo alumno. Es claro ver en qué medida esta concepción de la educación es relevante hasta el día de hoy: es aquella que siguen la gran mayoría- si no la totalidad- de las instituciones educativas. En el contexto actual de educación a distancia, este programa humanista es uno que puede ser llevado a cabo.

Sin embargo, la educación no implica solamente la transmisión de conocimiento. Esto es algo que debe ser acompañado por un elemento emocional, interpersonal, una relación entre el educador y los alumnos, que vendría a facilitar la transmisión y la apropiación del conocimiento impartido de parte de estos últimos. Palabra clave: la empatía. Y la pregunta que de esto surge es evidente: ¿puede un alumno, ya sea en el marco de la educación escolar o superior, empatizar con un docente que le habla a través de una cámara? ¿Ese tipo de interacción tiene el mismo efecto que una interacción real, personal, no solamente en el plano temporal, sino también espacial?

Es acá que la cosa se torna, por lo menos, preocupante. Seamos honestos: cuando pensamos en las generaciones jóvenes, de las cuales quien escribe forma parte, y la relación que tienen con las plataformas digitales en las que hoy, en medio de la crisis del coronavirus, deben ser educadas, la ecuación no es perfecta. Las plataformas digitales, lo sabemos, se han vuelto una suerte de portal mágico hacia una vida alterna de ocio, diversión, tribus y submundos. No es, precisamente, un portal mágico hacia el aprendizaje.

¿Cuál sería, en estos términos, el riesgo que se presenta? Pues, en pocas palabras, que este sea el primer paso hacia el desarrollo de un nuevo hombre- un hombre 2.0, si se quiere- que opera, se relaciona, y vive, a través de la pantalla. Decimos “hombre 2.0” ya que se trataría de un neo-humano que ha relegado sus experiencias de formación- intelectual y emocional- a un eficaz, pero dañino, mundo virtual. Puede sonar exagerado, pero ya estamos a medio camino. ¿No hablamos con nuestros amigos por Messenger? ¿No buscamos pareja en Tinder? ¿No dependemos de Google Maps para ubicarnos en nuestra cuadra de toda la vida? Pareciera que, a fin de cuentas, es la crisis del coronavirus aquello que está apresurando a pasos agigantados un proceso que se inició cuando Zuckerberg creó Facebook. Nos tememos que, en esta coyuntura, cada vez sean menos cosas las que nos separan de los a primera vista entrañables y patéticos hombres obesos de la película Wall-E. Que nuestro Dios de la tecnología no lo permita.


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