• Sol Pozzi-Escot

"La Peste" de Camus en tiempos de coronavirus


El 13 de marzo de 1942, Albert Camus le cuenta a André Malraux, en una carta, que se prepara para escribir “una novela sobre la peste”, tema que, admite, le resulta "extraño", "muy natural”. “La Peste”, uno de los clásicos del filósofo del absurdo, fue lanzado en 1947 y hoy, 73 años después, tiene, en efecto, una temática mucho más “natural”, es decir pertinente y vigente, de lo que nos podríamos haber imaginado.

Un buen día, en la pequeña ciudad argelina de Orán, las ratas empiezan a morir. Es cuestión de tiempo para que sea evidente el advenimiento de la peste bubónica, razón por la cual el doctor Rieux, personaje principal de la novela, convence a las autoridades de poner a la ciudad en cuarentena. Más temprano que tarde, muchos empiezan a morir, mientras en la ciudad el crimen escala y comerciantes inescrupulosos aprovechan para hacerse de ganancias económicas. ¿Estamos hablando de Orán en “La Peste”, o de lo que vimos esta mañana en el noticiero?

Regresemos a la idea de lo natural. Como se ha dicho muchas veces en los últimos días, y con mucha razón, la llegada del coronavirus a nuestro país ha puesto en estridente evidencia las grandes carencias de nuestra sociedad. No hablemos, aún, de lo que serían las carencias “morales” que tanto han saltado a nuestra vista (¿alguien dijo papel higiénico?), sino veámoslo del punto de vista administrativo. Carencias en hospitales, carencias en servicios (1 de cada 3 peruanos no tienen agua), carencias en fiscalización del trabajo (rampante informalidad y abusivas empresas). Todas estas, carencias naturalizadas, con las que vivimos, nos parecen normales. ¿Podemos ver, si se quiere, en este coronavirus, nueva peste del siglo XXI, un poético castigo natural ante este universalizado y también contagioso “espíritu criollo” peruano? Es que pareciera que la peste es permanente, vive al acecho, y cuando se dan las condiciones, salta. ¿Es el coronavirus una misma manifestación de una peste esencial, muy nuestra, aquella que nos indigna cada vez que leemos en los periódicos nuevos destapes de corruptelas?

Jean Tarrou, amigo y vecino del Dr. Rieux en la novela, dice en cierto punto de esta que todos somos portadores de la peste, de la cual nadie se salva. Sin embargo, no hablamos en este caso del microbio, del virus en sí. Estamos tratando con una peste más difícil (¿imposible?) de erradicar, una que podríamos en ese sentido ver como intrínseca al ser humano: el egoísmo, la falta de empatía, la desidia...En pocas palabras, la deshumanización de la sociedad. Vale resaltar nuevamente el año de la publicación original de la novela: 1947. Dos años después del fin de una Segunda Guerra Mundial que minó los espíritus de la población europa y desnudó ante la opinión pública la inmensa maldad de la que es capaz el Hombre. Una guerra que obligó al Hombre a replantear su visión de la moral, que ya no podía centrarse alrededor de la figura de un Dios. Después de esta Segunda Guerra Mundial, nace un hombre solo, en términos metafísicos, en un mundo cada vez más industrializado y mercantilista.

Ruinas de Tipaza en Algeria, fuente de inspiración de Camus

Visto esto en términos macro, la peste individual de cada uno es la peste generalizada de todos. Otro ángulo de lectura de la novela de Camus la configura como una novela sobre la resistencia francesa en la Segunda Guerra Mundial, contexto en el cual, bajo el control nazi de gran parte del territorio francés y en medio de la colaboración de muchos ciudadanos de ese país para con el régimen nazi, se inició un movimiento de resistencia, liderado por el general De Gaulle. En efecto, la peste en este contexto es la corrupción moral de una sociedad que ha perdido el rumbo, o cuyo rumbo ha sido secuestrado. Después del inicio de la llamada “transición democrática” luego de la caída de la dictadura fujimorista, ¿podemos decir que nos hemos rehabilitado, en términos morales, como sociedad? La pregunta puede incluso parecer innecesaria: sabemos que no. Nuestra peste; nuestro Lava Jato, nuestros Cuellos Blancos, son la necesaria consecuencia del fracaso de la reconstrucción moral de nuestra clase política.

Pero el espíritu de la novela de Camus no es derrotista. Recordemos que el también autor del Extranjero es ante todo un humanista. No es casualidad que podamos leer en la novela frases como la siguiente: “En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”. ¿Qué es, a fin de cuentas, la peste? Pues pareciera que el verdadero sentido de la peste es suscitar una reconfiguración de nuestro sentido de humanidad. En la novela de Camus, el heroísmo es concebido como una cualidad inherentemente humana (como fuerza opuesta a la ya mencionada corrupción moral), como un potencial que, lejos de las grandes hazañas de los semidioses griegos, radica justamente en la convicción moral de hacer el bien al otro, día a día, donde sea que estemos. Por principio, por decisión, porque si estamos todos juntos en esto no queda de otra. “No me interesan el heroísmo ni la santidad. Lo que me interesa, es ser humano”, dice el doctor Rieux: el antídoto está en la lucha por la solidaridad. No es esta lucha, sin embargo, una que pueda ser definitivamente ganada: luego de los esfuerzos del Dr. Rieux y su cónclave, “la enfermedad pareció irse así como había llegado”. La peste va, la peste viene. Siempre existe, pero se esconde... y puede volver en cualquier momento. A estar alertas.


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