• Sol Pozzi-Escot

"Amor y muerte" y la tragedia soportable*


Dicen ciertas ramas filosóficas (¿o filosófico-masoquistas?) que la esencia de la vida se encuentra en el sufrimiento. A esto, añade Boris Grushenko, personaje de Woody Allen en “Amor y Muerte”, clásica comedia de 1975: “Si Dios existe, más le vale tener una respuesta”. El sufrimiento es comprensible: la ausencia o el silencio de Dios son, claro, un pesado fardo que cargar para un alma romántica, como lo es Grushenko en la película de Allen.

Sin embargo, la particularidad de este film es que está decididamente consciente, a través de todos sus elementos y aristas, de los límites de una concepción trágica de la vida. Este está justamente en la delgada línea que separa lo dramático de lo cómico, lo trágico de lo ridículo, que son, parece, dos caras de una misma moneda. En “Amor y Muerte”, cinta cuya historia está inspirada en clásicos de la literatura rusa como “Crimen y Castigo” o “Ana Karenina”, Allen cuenta la historia del previamente mencionado Grushenko, ruso del siglo XIX cobarde y muy idealista, quien se ve envuelto en una serie de peripecias militares y amorosas con su prima Sonja, interpretada por una ridículamente encantadora Diane Keaton.

Es que en esta película (no es la única en su filmografía en la que es el caso, pero es probablemente aquella en la que más resalta) Allen está muy consciente de un cierto carácter dual de la existencia. Veamos primero el título: “Amor y Muerte”, una clara referencia a una dualidad inherente a la vida misma. ¿Podemos encontrar en la comedia antídoto ante la tragedia de la existencia? Parece ciertamente un exceso pedir eso. Digamos que una cosa no cambia la otra: lo trágico es trágico, independientemente de los matices que la comedia le pueda conferir, implícitamente o no…

Y aunque no podamos estar realmente en medida de afirmar que la comedia es un antídoto ante la tragedia, podemos afirmar que es, por lo menos, un paliativo. Más allá de todas las problemáticas que esto implica (sobre todo aquellas propias a un mundo moderno, ultra-sensible y muy políticamente correcto), ¿sobre qué podemos reír? En teoría, podemos reir de todo. ¿Podemos de esta manera superar todo? Recordemos las palabras de Joan Rivers, legendaria comediante neoyorquina: “Más nos vale reírnos de todo… Sino, nos vamos al diablo.” ¿Permite la risa aceptar la tristeza? ¿O permite, por lo menos, hacerla sobrellevable?

El tomo de Aristóteles, continuación de la Poética, y que sería dedicado a la comedia nunca fue escrito. ¿Qué nos hace pensar esto? A lo mejor, sospechamos, el filósofo griego se guardó para sí mismo sus mejores hallazgos... Sin embargo, ¿Podemos sospechar que Allen, de alguna manera, siendo él un creador del siglo XX, es decir de lo que podemos llamar “la era del absurdo”, logró cerrar el círculo que inició el filósofo griego con la Poética a través de una propuesta tragicómica absurda y consciente de sí misma?

El logro de la cinta del aclamado cineasta- aunque hoy vilipendiado por ciertos sectores que lo acusan...¿dualidad?- es que pudo dar en el clavo de lo que significa la tragedia en los tiempos contemporáneos. Podemos en este sentido comenzar a sospechar que la tragedia romántica no es más una concepción viable de la existencia, ya que un sujeto de hoy, al estar consciente del absurdo de las cosas, podría -o debería- encontrar en la comedia, en la risa, aquello que es propiamente humano, para citar a Rabelais, un pequeño oasis en medio del desierto del abandono metafísico. Si Grushenko se va bailando con la Muerte en un punto de la película, intentemos, por lo menos en espíritu, reivindicar esa jovialidad sarcástica, ya que, como dice el propio Boris, “hay peores cosas en la vida que la muerte. Si has pasado una tarde con un vendedor de seguros, sabrás de qué hablo”.

*Originalmente publicado en el número 72 de la Revista Voces.


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