• Sol Pozzi-Escot

“¿Quién sabe?”: ¿Maupassant como profeta de la actual decadencia de la noción de verdad?


Originalmente publicado en el número 21 de la revista "Voces de Lima"

Podemos citar una variedad de obras literarias que han sabido ocultar verdades que la historia, a lo largo de los años, ha revelado. Se encuentran estas, especialmente, en el subgénero de la distopia. Novelas clásicas como “1984” de Orwell o “Un mundo feliz” de Huxley establecen retratos escalofríamente aproximados a la situación del mundo actual, posmoderno, que bien y sin estar exagerando podríamos llamar “la era Trump”, ya que este personaje parece amalgamar todas las características que definen el mundo que hoy conocemos.

Encontramos, sin embargo, en el género fantástico un enfoque particularmente interesante respecto a esta problemática actual. Efectivamente, en una sociedad anómica, como es el caso hoy en la mayor parte del mundo, y sobre todo en nuestro país, es particularmente concebible entender la locura como una suerte de nueva normalidad. A falta de una verdad absoluta, objetiva y establecida, como se esforzó en mostrar Nietzsche, la fantasía, lo irreal y lo en una primera instancia considerado como imaginario puede considerarse una resignificación del concepto de verdad, a tal punto que se podría declarar, sin ostento alguno, que la nueva única verdad es que hay infinitas verdades. Añadamos a esto una presencia cada vez más invasora y deformadora del internet y particularmente las redes sociales, en el sentido en que contribuyen de sobremanera a esta devaluación de la noción de verdad. “¿Quién sabe?”, cuento de Guy de Maupassant publicado en 1890, parece, más de un siglo después de su aparición, esconder una audaz premisa: un hombre anómico es particularmente propenso a la locura. A través de esta historia, el lector presencia los hechos que vive el personaje principal, ser aíslado de la sociedad, que después de presenciar la huida de todos los muebles de su casa, emprende un viaje para calmar sus nervios, hasta llegar a Rouen, donde encuentra todos sus muebles en una tienda de antiguedades, administrada por un diabólico personaje. Al romperse totalmente su estabilidad y por lo tanto al perder su cordura, decide internarse en un centro de tratamiento mental, sin tener alguna certeza de lo ocurrido. Podemos entonces preguntarnos, ¿en qué medida el cuento de Maupassant ofrece una visionaria mirada de la actual decadencia de la noción de verdad, en un clima cada vez más dominado por una tecnología desestabilizadora y una creciente búsqueda de afirmación del hombre?

Tenemos, sin temer estar cometiendo un anacronismo, un personaje decididamente anómico. Es un ermitaño. Esto es algo que se establece desde el principio del cuento: “No rechazo ver el mundo, discutir, o cenar con amigos, pero desde que los siento por mucho tiempo cerca a mí, me angustian y siento crecientes y sofocantes ganas de verlos partir o de partir yo mismo, de estar solo”. Es un hombre que, al no encontrar nada más que la ya mencionada angustia del espíritu en la gran ciudad, es decir París, se refugia en el campo para formar una vida con la cual se siente mínimamente cómodo, es decir, una vida de soledad. No encuentra una vida con sentido en medio del tumulto, sino en su propio mundo aíslado.

Sin embargo, creemos, y es acá que encontramos el mayor punto en común de este personaje con aquello que podríamos nombrar la “problemática del presente”, se trata, más allá de un repliegue físico en relación a los demás, de un repliegue de la conciencia (¿egoísmo, solipsismo?) en relación a “los demás” como factor alienante, una conciencia volcada hacia la importancia de los objetos materiales, una vida acomodada de soledad. Ejemplificamos con dos citas: “Me había apegado mucho a los objetos inanimados”y “me canso muy rápidamente de todo aquello que no se da en mí”. No basta hacer un gran esfuerzo para ver la similitud entre este personaje burgués y su repliegue hacia una vida alrededor de uno mismo y sus propias posesiones y el mundo ultra-capitalista, egoísta, e indiferente de hoy, es decir, el mundo de la anomia contemporánea.

Podemos en este sentido comenzar a afirmar que el género fantástico es aquel que mejor se “adecúa” a una consideración, un vislumbramiento, del mundo actual a través de la literatura. Habiendo muerto una posibilidad de realismo, justamente a causa de la ya citada muerte de la verdad- Nietzsche, contemporáneo de Maupassant, plantea la verdad como una “necesidad vital”, una forma de consuelo- queda una miríada de posibilidades, nuevas verdades, y, necesariamente, riesgos existenciales en una vida donde nada es seguro. Y es así que podríamos aplicar la expresión que usa el narrador de “¿Quién sabe?” para referirse al sueño, “los eclipses de la razón”, y generalizarla como calificativo en relación a la totalidad de la existencia. Y este personaje parece estar un tanto conciente de esto.

Su mundo se debate entre la estabilidad y la duda exacerbada. En el momento en que descubre la huída de sus muebles de su propia casa, podemos entender en la narración cómo la escena va tomando, mientras se acerca este a su casa regresando de la ópera, tonalidades más oscuras y sombrías: “¿Qué era?”, se pregunta el narrador respecto a la sensación de incertidumbre perversa que poco a poco se apodera de él camino a su casa, “¿Un presentimiento? ¿El presentimiento misterioso que se apodera de los sentidos de los hombres cuando están a punto de presenciar lo inexplicable? ¿Tal vez? ¿Quién sabe?”. De acuerdo al filósofo Alain, la duda potencia el miedo y la acción lo disipa. Se trata de una dualidad que tenemos también presente en este cuento. Fruto de una sugerencia de su médico, el narrador decide tomar un largo viaje para calmar sus ánimos. Al llegar a Rouen, se siente muy cómodo en esta ciudad medieval, hasta que, al decidir quedarse, se encuentra envuelto nuevamente por un escenario macabro: la ciudad toma las mismas características tenebrosas y amenazantes que su mente suele proyectar sobre las cosas.

Como buen hombre anómico, no tiene de qué sujetarse para mantenerse a flote en medio del mar de incertibumbres que lo llega a superar. Nuestro personaje encuentra una forma de consuelo en llevar esta locura al máximo y establecerla como una nueva normalidad: al final del cuento revela que ha decidido internarse en un sanatorio, por miedo. ¿Cuál es la nueva normalidad de las generaciones anómicas del siglo XXI? Pues el internet, campo por excelencia del triunfo de la no-verdad, de las múltiples verdades (recordemos las- inadvertidamente reveladoras- declaraciones de Kellyanne Conway, consejera del presidente americano Trump, respecto a los “hechos alternativos”, es decir, diferentes consideraciones objetivas y por lo tanto verdaderas respecto al mismo suceso), y de la materialización de una posibilidad de vida con un mínimo de consuelo, ciertamente ilusorio, pero definitivamente experimentado y reivindicado por aquellos que en la actualidad buscan una mínima estabilidad y una mínima (pero efímera) proyección. Tengamos para esto en cuenta de que se trata decididamente de un cuento sobre el deposeimiento. Desposeimiento material, desde luego, pero sobre todo desposeimiento de aquellos ideales interiorizados en la vida misma y la comprensión de esta que orientan su sentido. Volviendo al tema de la anomia, es decir la falta de un horizonte cultural que oriente y valide de cierta forma las existencias de los miembros de una sociedad, queda el hombre vulnerable a cualquier- y notemos bien: cualquier- ataque exterior, ya que cualquier mundo es en teoría posible, incluso uno donde los muebles de una gran mansión huyen, como animados por algún espíritu, en medio de la noche.

Sin embargo, esta dualidad realidad-fantasía y arraigo-desarraigo llevan (¿por qué no?) a consideraciones de orden dialéctico. Es en esta línea que podemos afirmar que se trata de un cuento que de alguna manera prefigura una forma de surrealismo (avanzada en relación a su tiempo). En efecto, este fenómeno literario que podríamos calificar de “interpenetración” de lo sobrenatural y lo real, permite al lector concebir una nueva forma de realidad, más allá de las limitaciones de un concepto de razón kantiano claramente sobrepasado por las nuevas problemáticas de los tiempos contemporáneos, que tiene como consecuencia una afirmación de la irreal, lo no-razonable (pensemos en el posterior nonsense literario), en un escenario que podría ser, en vez de un campo de batalla entre ambos, un universo en que ambos conviven, a falta de reglas que beneficien a uno sobre el otro. ¿Presenta Maupassant en “¿Quién sabe?” a un hombre anómico que crea su propio universo con sus propias reglas a falta de uno garantizado por la estructura básica de la sociedad? Consideremos el surrealismo como una respuesta del hombre ante una terrible anomia fruto del fin de los ideales artísticos que previamente ordenaban las formas del arte (el clasicismo) y una concepción clásica también de la existencia (moral clásica, de raíces greco-romanas): un campo de exploración y creación potencialmente infinitos, una exaltación de la búsqueda en el interior del ser humano, en la locura, y sobre todo, en el desposeimiento de todo ideal cultural. Se trata, a través del

surrealismo, de encontrar un campo de exploración de completa liberación, en que,

paradójicamente, lo irreal termina fundando una nueva realidad. ¿Es el narrador de “¿Quién sabe?”

un surrealista que no pudo afirmarse como tal por haber existido en una época previa a este

fenómeno artístico y del pensamiento? Llevemos estas consideraciones al ámbito de la llamada

problemática actual y podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿es posible, en medio de la “incertibumbre” generalizada de hoy, encontrar una nueva norma que, a diferencia de aquella del

narrador del cuento, posea un desenlace creativo, o mejor dicho, creador- asumiendo que la locura

como estado puramente creador planteada como respuesta del surrealismo ante la anomia haya sido

sobrepasada por los riesgos morales esto que implica (liberación del Tánatos humano)-? ¿Es posible

superar, dentro de un ámbito regido por leyes inconstantes y cambiantes, materializadas a través de

la nueva forma de comunicación por excelencia, es decir, el internet, estas nuevas tribulaciones

existenciales y alcanzar tanto un estado de mente como un proyecto social esencial y decididamente

creador? Retomemos, sin ironía alguna, el título del cuento de Maupassant, y digamos: ¿quién sabe?


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