• Sol Pozzi-Escot

¿Y ahora quién?


Las progresivas declaraciones de Odebrecht, en los últimos meses, respecto a los beneficiarios y los mecanismos de sus profundas redes de corrupción, han, creemos, representado de alguna manera la confirmación material, la prueba final, de un espectro que ha acompañado nuestra vida republicana, quién sabe, quizás desde su inicio: nos gobierna una clase política que no da para más. Antes de siquiera preguntarnos cómo es posible que algo que “no da para más” en la teoría se haya perennizado tanto en la práctica, empecemos a considerar una problemática que se revela urgente: ¿y ahora a quién le toca?

La clase política ha decepcionado, o digamos incluso, ha fracasado, tanto del flanco de la derecha como del de la izquierda. Aunque, sería mezquino negar, la derecha y el liberalismo económico aplicado desde la década de los 90 ha permitido una relativa modernización del país y una relativa inclusión de este en el marco de la mundialización, lo que nos ha permitido, en años pasados, respetables niveles de crecimiento, la situación no es la misma hoy, momento en que el país crece a niveles decepcionantes y son más notorios que nunca los fracasos del Estado en lo que se refiere a la consolidación de ciertas industrias, la propuesta de una educación de calidad y la inversión pública en general que simplemente no se ejecuta como se debe, dificultando así el acceso de la población a servicios y oportunidades que permitan la mejora de su calidad de vida. La izquierda, a su vez, ha representado un fracaso incluso más decepcionante que aquel de la derecha. Pongámoslo de manera cruda: la derecha no se intenta vender con aires de grandeza. Nuestra izquierda de los últimos años ha intentando vender su propuesta escudándose bajo la autodenominación (implícita o no) de “reserva moral del país”, de una opción digna ante los “excesos y barbaridades” del ya mencionado sistema capitalista. La práctica, o mejor dicho las declaraciones de Barata y las investigaciones respecto al caso Lava Jato, nos han demostrado que aquella reserva, de moral no tenía nada… Y eso no puede hacer más que doler a quien, en algún momento, inocentemente tal vez, apostó por aquellas propuestas.

A través de su proyecto de adelanto de elecciones, el presidente Vizcarra instó a devolverle el poder al pueblo, para que, en el marco de su soberanía, redefina el devenir político de nuestro país en los próximos años. Antes que nada, visto de esta manera, pensemos momentáneamente lo inocente de la propuesta: no es de acá al Bicentenario que vamos a realmente renovar la clase política. No es de las posibles elecciones del 2020 que surgirán los políticos devotos, honestos, dignos e ilustrados que tanto anhelamos. Eso no será así. Acá hay, admitámoslo, claras intenciones de Vizcarra de dejar su marca en la historia como un presidente de transición, que sentó, a través de los proyectos de reforma constitucional y este adelanto de elecciones, las bases de la renovación política del Perú, y no como un presidente que supo liderar de manera integral y global (es decir también en términos de política económica, por ejemplo, en la cual viene fallando preocupantemente) el camino de un Perú inmerso en una grave crisis.

Lo interesante del llamado a “devolver el poder al pueblo” es el peligro que esto encierra. Pongámonos serios… Se trata de una línea política utilizada por otros líderes de la región americana, como el presidente americano Trump y el brasileño Bolsonaro, que representan una opción escogida por un pueblo justamente harto del establishment político de su país. No se trata, evidentemente, de comparar a Vizcarra con Trump o Bolsonaro, sino de divisar, a través del carácter claramente populista de la propuesta, el posible terreno fangoso en que podría esta desembocar. En un país con figuras como aquella de Elmer Cáceres, el matonesco presidente regional de Arequipa con obvias (y napoleónicas) intenciones políticas a nivel nacional, resulta peligroso, en este sentido, que la clase política actual intente, de pronto, hacer borrón y cuenta nueva. ¿Lo que nos espera es realmente mejor? En términos de presidentes regionales, son muchos aquellos inmersos en temas de corrupción, y en términos de líderes de partidos políticos, digamos simplemente que no los hay. Es decir, la actual clase política no tiene realmente “a quien pasarle la antorcha”.

Se dice, tanto por costumbre como porque es verdad, que el futuro recae en la juventud. Es, a fin de cuentas, la juventud del país quien tiene la oportunidad, y el deber, de decidir de manera acertada el porvenir de nuestro país. Sin embargo, parece que una idea que no ha terminado de calar, entre nosotros, es aquella de la prudencia. Suena muy tentador decir “que se vayan todos”, aunque efectivamente querramos que se vayan todos. Sin embargo, hay que comprender que estamos sentando las bases de un proceso que recién está empezando, aquel de la reconfiguración no solo de la clase política del Perú, sino de la faz social del Perú. Y que esto no va a pasar de acá al 2020 ni el 2021. Sí, efectivamente, el Bicentenario sería una bella oportunidad de ver y palpar el inicio de un cambio. Pero es eso. Es el inicio, mas no la culminación del proceso. Creemos, esto requiere de una mayor mesura en el pensamiento y una mayor prudencia en la acción y las decisiones tomadas. Es así, esperamos, que podríamos encaminarnos en una dirección más acertada, fruto del diálogo y la reflexión.


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