• Sol Pozzi-Escot

"Funny Games" (2007) y la paradoja del nuevo espectador


“Who are you betting on?”, le pregunta directamente Paul, uno de los sádicos invasores de la casa de los Farber, a la audiencia, dejando entrever una esencial dimensión de la película, aquella alrededor de la cual pretenderemos reflexionar en esta ocasión.

Efectivamente, en tiempos de sobreproducción, sobreinformación, ultraviolencia y sobreconsumo, nos sentimos tentados de pensar que la relación entre el espectador y la obra, en este caso el cine a través del ejemplo de la película de Haneke, tiene que haber mutado de alguna manera. Definitivamente hemos sobrepasado la fase contemplativa, y, como lo declara audazmente el polémico filme, la concepción del espectador como creador está recibiendo nuevos matices. ¿Se trata de una representación digna de las evoluciones de una sociedad submergida en nuevas tecnologías, y nuevas demandas, sujeta a un deseo desencadenado? Ya que no nos atrevemos a decir que el efecto es inverso, nos gustaría a través de esta pequeña reflexión determinar la naturaleza de esta paradójica concepción del espectador, que vehicula el remake de Funny Games, y ver qué revela de la posición del espectador, que puede hacer referencia a dos elementos: el espectador de la película, y, dentro del universo de Funny Games, la familia Farber, estereotípico retrato de una nueva sociedad perdida en la era de consumo.

Los Farber pueden ser cualquiera, eso está claro. Si queremos encontrar a la típica familia acomodada, lo podemos hacer donde sea: en Perú, no se llamarían los Farber, pero también existirían. La sociedad actual se redefine efectivamente gracias a y a través del establecimiento social y económico de una nueva clase emergente, que vehicula sus propios paradigmas y los establece como la nueva norma. Y la película pone en valor una serie de elementos propios de este segmento: la casa de campo, el auto van familiar, la mascota...

Sin embargo, esta clásica concepción de la familia, que representa una clásica concepción de la sociedad que esta viene a fundar en términos generales, ve cómo su mundo se cae delante sus propios ojos a través de la violenta irrupción del azar: los personajes de los chicos, que podrían de cierta manera representar la violencia de la voluntad de renovación que plantea naturalmente la modernidad. ¿El filme representa la muerte de la sociedad? Definitivamente, hablar de la muerte de la sociedad es una exageración, pero podemos verlo de la siguiente manera: podemos entender una muerte simbólica, una reconfiguración de los valores sociales, y del cambio de la estructura social misma, que determinan el rol de cada uno. Efectivamente, nuevas corrientes de pensamiento plantean visiones más progresistas de la sociedad, buscando reformar categóricamente los paradigmas históricos que la rigen.

Pero la película es más que una atrevida declaración de la muerte de la sociedad como la conocemos. Eso ya se ha hecho y no tendría mucho interés declarar algo de manera tan definitiva. La película matiza, y es acá que entra el espectador a cumplir su rol, tanto en la película, como, de manera más general, en la estructura social. La pregunta de Paul, quien mira fijamente a la cámara mientras habla, vendría a traducir una paradójica idea dentro de la mente del espectador, que estaría ahí naturalmente, como clara consecuencia de los tiempos modernos, o que, y tal vez sean ambas, la película logró colocar ahí a través de su narrativa. Y la paradoja es la siguiente: ¿se está buscando, de alguna manera, reivindicar la dimensión cómoda del status quo, que sin embargo sirve para generar oposición, y por lo tanto cambio social? Podríamos entonces decir que el rol de la película es poner al espectador en esta posición, confrontarlo con sus hipocrecías más evidentes y dejarlo en una posición en que su muerte ya no se dará a manos de un ente tercero (en la película, los jóvenes), sino se dará por sus propias manos, al ser confrontado de manera tan directa a una realidad tan desagradable. En este sentido la película busca remover violentamente el cerebro del espectador, confrontarlo a la realidad y avergonzarlo ante esta. Pero tampoco propone una salida: al final, los Farber mueren, así como murieron también sus vecinos, que al inicio de la película son vistos acompañados de Paul y Peter, los psicópatas. ¿Y si a lo mejor no hay salida? Tendría entonces sentido decir que es justamente esta tensión narrativa que se traduce en tensión espiritual, mental, del espectador, lo que generaría justamente este movimiento por parte de este último hacia una desesperación fruto de la confrontación directa con sus propios errores. ¿Podemos hablar de catarsis? ¿Esta explosiva paradoja será causa de purificación? ¿De renacimiento?

No tiene sentido responder a esa pregunta, la película perdería toda la magia. Lo que sí es interesante es señalar que se trata en este caso de un remake del 2007 de la película del propio Haneke del año 1997 ¿Diez años después, situada esta vez en los Estados Unidos, no tiene más sentido que nunca hacer Funny Games? La crítica no fue muy generosa con este remake, pero a lo mejor esto se debe a que no se percató de un punto esencial de la película, y es que con esta re-estructuración del primer filme, se lograría reafirmar, con la Historia como sustento, el decaímiento progresivo de una sociedad que se pierde en el deseo desmedido que se expresa en el sobrecomsumo y la sobreproducción. ¿Cómo sería hacer Funny Games hoy?

Entonces, nosotros, los espectadores, mientras terminamos este suicido colectivo silencioso que venimos conjuntamente efectuando desde el inicio de los tiempos, sigamos viendo estas películas, sigamos confrontándonos violentamente a nuestras propias vergüenzas, a nuestras propias hipocrecías, que en el peor de los casos, es algo entretenido de hacer. Y no lo decimos nosotros, lo dice Peter: “You shouldn't forget the importance of entertainment”.


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