• Sol Pozzi-Escot

Consideraciones sobre el silencio


Uno podría encontarse harto de la palabra. Fácilmente. Es cosa diaria encontrarse bombardeado por pseudo-elucubraciones de charlatanes pomposos y desechables a causa de su inacabable presencia en los medios masivos. Y, naturalmente, al temer, al embarcarse en los caminos de las “comunicaciones”, caer en estos ríos de cháchara masturbatoria, uno podría preferir por un silencio total y absoluto. ¿Pero de qué silencio estamos hablando? ¿Existe más de un silencio?

Si definimos el silencio como justamente la ausencia de signos, y por lo tanto la ausencia de lenguaje y de mensaje, ¿cómo podría una ausencia de signos paradójicamente significar algo? En otras palabras: ¿podemos encontrar en una forma particular de silencio un mensaje muy claro y comprensible? Analicemos entonces, desde diversos puntos de vista, la problemática enunciada del silencio, con el objetivo de determinar si, más allá de un valor negativo, podría este poseer un valor decididamente positivo, es decir, un mensaje inteligible.

Partamos por lo primero. Veamos al silencio como la ausencia absoluta de sentido. Podemos para esto recordar rápidamente las consideraciones de Descartes, en su Discurso del Método, respecto al tema. De acuerdo al filósofo francés, la naturaleza es silenciosa. Es decir, no posee, en sí, ningún discurso ni ideas que transmitir. El ruido que emite no es más que una expresión de sus pasiones (en el sentido cartesiano, todo expresión natural de la necesidad biológica), y, a diferencia del hombre, no produce significado.

Para Hegel, por otro lado, no existe pensamiento objetivo más allá de las palabras y no existe significado alguno fuera del discurso. Postura más que comprensible, sobre todo si es complementada con los pensamientos de Saussure respecto a la formación estructural de un discurso: la disposición de las palabras crea el significado de un discurso. Fuera de esta disposición de las palabras, no existe sentido posible alguno.

Cerremos esta primera parte haciendo referencia a Platón. De acuerdo al filósofo, el pensamiento es el diálogo del alma consigo misma. En otras palabras, incluso al tener la impresión de que no estamos hablando, lo estamos haciendo. Cuando creemos estar en silencio, estamos realmente pensando, y para pensar, necesitamos palabras. Sin embargo, reconocemos la posibilidad de circunstancias en que aquello que debe ser dicho, escapa paradójicamente a las posibilidades del lenguaje.Consideremos a continuación la posibilidad de un silencio con sentido.

El silencio puede ser un signo poseedor de sentido, en aquellos casos en que ell discurso articulado no puede expresar todo. Es esto algo que podemos reconocer desde un punto de vista muy cotidiano: hablamos del silencio que, en el marco de una sociedad, posee un significado previamente acordado. Pensemos, por ejemplo, en el secreto médico, el silencio musical (expresado de manera escrita, como una nota), o, en áreas un tanto más elevadas, el silencio de los monjes benedictinos que al hacer voto de silencio, bucan escuchar y entender mejor la palabra de Dios.

Pero el silencio posee también, podemos ver, un significado que va más allá de la palabra. Es una marca de subjetividad, permite decir aquello que no puede ser dicho con palabras.

Pensemos por ejemplo en Bergson, quien plantea “lo inefable de la interioridad”, es decir, la imposibilidad de expresar, con palabras, sensaciones y sentimientos tras la confrontación con algo muy grande, muy bello, un silencio extático. El silencio, en este sentido, permite una expresión personal que el otro debe comprender más allá de las palabras.

Es también el caso de la obra de arte, como lo plantea Merleau-Ponty: un lenguaje silencioso, propio del ámbito de lo sensible, y no de lo racional, que transmite a través de la imagen.

Sin embargo, en todos estos casos, nos mantenemos en significados que recaen necesariamente en lo variable de la interpretación de quien recibe el mensaje. Podemos pensar que en esta instancia no se está produciendo un discurso articulado, un discurso menos comprensible y articulado, que no puede resultar en una comuncación clara como lo es en el caso del mencionado discurso articulado.

El silencio puede, en efecto, tener un sentido como signo lingüistico. Para comenzar, digamos, sin hacer referencia a nadie en particular, que hablar no necesariamente significa decir algo. Pensamos en discursos no coherentes, que hilan palabras sin elaborar nada en particular. Pensemos, sino, en las consideraciones de Platón respecto a los sofistas, quienes, para citarlo “hacen ruido con sus bocas”. Si su único objetivo es conseguir el poder, el lenguaje ya no posee significado en sí, sino se vuelve una herramienta puramente retórica y manipuladora.

En un diálogo logrado, el silencio es elocuente. Francis Jacques, en su obra Dialogiques, le devuelve el valor positivo al silencio: para entresacar verdades y racionalidad a través de la palabra, los interlocutores deben saber callar. Callarse no es no tener nada que decir, sino, en un silencio voluntario, mostrar al otro que uno está escuchando. El silencio es una atención presente. Citamos a Jacques: “Hay que romper el monopolio de lo propio”. Se trata de saber ir más allá de la apropiación personal de la palabra, de hacer circular un diálogo alrededor de las infinitas aristas subjetivas y personales que uno le pueda conferir. Ese es el reto actual del lenguaje.

El silencio puede, finalmente, reemplazar a la palabra. Pensemos en situaciones de amor, de amistad. Dice al respecto André Gide: “De cuántos silencios se supo envolver nuestro amor”. En estas dinámicas, no es necesario hablar, la palabra está de más cuando en una relación tan cercana, en esta dualidad constructiva, uno sabe lo que el otro piensa, lo que diría si estuviera hablando. El silencio es una marca de comprensión.

Pensemos, pues, entonces, que el silencio le puede hacer frente a la palabra. Que la palabra, hoy en día, se ha visto reducida y banalizada por corrientes perversas y efímeras. Un silencio bien colocado y bien presentado puede ser mucho más potente que cualquier discurso innecesario. ¿Podemos hablar de la relevancia del silencio?


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