• Sol Pozzi-Escot

De la problemática de la toma de partido en relación al “pensamiento libre”


Por toma de partido entendemos, ante todo, la decisión de apoyar una u otra postura frente a una causa en particular. Se puede hablar de toma de partido en términos políticos, morales, filosóficos... o muy cotidianos también... Es una problemática ante la cual nos enfrentamos, para deleite de todos, cada cinco años durante las elecciones presidenciales. Sin embargo la idea de la toma de partido presenta una incómoda problemática. En efecto, y esto es algo que vemos de manera particular en el ámbito de la toma de partido en lo político, una decisión tomada puede terminar reventándonos en la cara. Surge entonces una fuerte problemática: ¿quedarse hasta el final apoyando aquello que falló o re-orientar el apoyo?, y surge también la pregunta más esencial, ¿es no tomar partido lavarse las manos? Añadamos a esto el hecho de que la toma de partido, especialmente cuando sobre-entiende una férrea convicción, puede ir de la mano con un cierto fanatismo, una defensa desaforada de la causa defendida. Formulemos entonces, de manera global, la problemática en la siguiente pregunta central: ¿Cómo abordar la problemática de la toma de partido pretendiendo tener a la vez un mínimo de “libertad” del pensamiento?

Definamos, antes de pasar a otras aguas, lo que entendemos por libertad del pensamiento. No hablamos en términos metafísicos, ni pretenciosos. Lo que buscamos es dar una aproximación de aquello que podría mejor caracterizar un pensamiento (que se quiere) “libre” en medio del panorama de hoy. Partamos de la negativa.

El pensamiento libre no es un pensamiento decididamente racional. Está de más citar-nuevamente- los ya conocidos fracasos del pensamiento racional en la actualidad. Una concepción cartesiana de los fenómenos corresponde a poner en valor una serie de postulados que, aunque se quieran categóricos, son, en el mejor de los casos, una hipótesis. Veamos la crtícia de Nietzsche al cogito ergo sum cartesiano, que el filósofo califica un legado de la gramática, que sobre entiende a cada acción, un sujeto concreto que la efectúa. De acuerdo a Nietzsche la existencia del “Yo” sería “un postulado lógico y metafísico”.

Por lo tanto, los nuevos tiempos exigen una reconfiguración del pensamiento libre. Antes de intentar brindar alguna pista de respuesta ante esta problemática, busquemos encontrar cuál es la característica esencial del pensamiento libre. Encontramos una respuesta a esto en la noción de “polémica”. Ya que es importante, recordemos la definición de polémica que brinda la Real Academia, ya que se trata de una noción cuyo significado se ha pervertido considerablemente en los últimos tiempos (¿el efecto Madonna?). El DRAE pone en equivalencia la noción de “polémica” con la de “controversia”, que define de la siguiente manera: "Discusión de opiniones contrapuestas entre dos o más personas”. Nos preguntamos si el pensamiento polémico de hoy ha sido pervertido a causa del “efecto Madonna”, haciendo referencia a la escandalosa cantante americana, ya que creemos que lo polémico ha sido confundido con lo incendiario. Y esto, como comentaremos posteriormente, es un error del juicio.

La toma de partido para una “conciencia libre” es una trampa desde el momento en que se plantea su propia posibilidad inicial. En efecto, se trata de una libertad muy enmarcada por aquello que una serie de factores (lo políticamente correcto, la historia, el lenguaje en sí) ofrecen como campo de posibilidades de opción ante una problemática. Por ejemplo, de manera muy simple y mundana, si uno tiene un problema con el servicio de agua, el campo de opciones que brinda el sistema incluye por ejemplo llamar a un técnico, presentar una queja en las oficinas de la compañía, pero jamás será una opción para un consumidor ir hasta la fuente de agua y arreglar por sí mismo todos los problemas de tuberías que llegan desde ese punto hasta su casa, para finalizar de esta manera el problema. Llevemos este ejemplo un tanto frívolo al ámbito político o moral, y comenzaremos a vislumbrar sus reales implicancias.

Comenzamos a acercarnos a la problemática de la toma de partido al comenzar a reconocer las fallas en las maneras en que esta se expresa en la actualidad. En efecto, como anticipamos previamente, se ha confundido en la actualidad el “pensamiento polémico” (propio de un “pensamiento libre”) con el pensamiento incendiario. Y sin querer faltar el respeto a aquellos pensadores incendiarios (que definitivamente existen...), debemos declarar que se trata de una forma de pensamiento fácil, ya que consiste en llevar la opción menos convencional ante una problemática al extremo absoluto, y querer transmitir el mensaje en base al factor shock (lo que generalmente causa rechazo de parte de quien lo recibe) en vez de buscar hacerlo a través de una confrontación (una real polémica) de ideas.

Entonces, si la toma de partido en sí implica necesariamente someter el juicio al campo de posibilidades de opción que ofrece el sistema establecido, y, como si no fuera suficiente, se encuentra orientado más hacia la pose de lo escandoloso y lo incendiario, ¿cómo pretender tomar partido de manera conciente? Dice al respecto Jiddu Krishnamurti, pensador indú: “La libertad es un estado de mente, no corresponde al hecho de haber sido liberado de algo; es la libertad de dudar, de dudar de todo; es una libertad tan intensa, activa, vigorosa, que rechaza toda forma de sujeción, de esclavitud, de conformismo, de aceptación”. Podemos comprender entonces el proceso de toma de partido desde una óptica ante todo escéptica, lo que nos confronta a otra problemática, un poco más peligrosa: ¿una toma de partido escéptica sobre-entiende una forma de debilidad del espíritu? ¿Dónde poner la línea que separa una toma de partido conciente (es decir escéptica y firme a la vez) de una toma de partido desinteresada y voluble? Hacemos referencia a esta problemática, de manera tan “pesimista” ya que creemos que se encuentra acá uno de los más grandes desafíos del futuro, un tema respecto al cual todos debemos opinar e informarnos, para no caer en las garras de la opinión ni en el fuego de los totalitarismos (tanto conservadores como progresistas).


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