• Sol Pozzi-Escot

La farsa del amor propio


Partamos de la negativa. El objetivo de este artículo (¿o desvarío?) no es plantear respuesta absoluta alguna ante la problemática planteada. Tampoco es (¿o sí?) llevar a cabo una vil acusación respecto a ciertas tendencias “de ahora”. Es, creemos, elaborar un esbozo de una problemática muy presente y muy poco comentada: ponerla sobre la mesa, como se diría vulgarmente. Planteamos la entrada al artículo de esta manera ya que responde a una problemática que juzgamos “trágica”, ya que no presenta realmente salvación posible alguna.

Es muy común, sobre todo de parte de quienes creen (vanamente) haberse realizado en esta vida, escuchar frases como “Yo, a mí, me quiero”, o peor, “Quiérete a ti mismo” (sobreentiéndase “y se te arreglará la vida”). Autores de infinitos y ofensivos libros de autoayuda, personalidades de diversos campos, aspirantes a personalidades, recibimos por todos lados, de manera casi acusatoria, mil y un exhortaciones a estar a la altura de nosotros mismos, y, muy lúcidamente, querernos y adorarnos.

Pero ya que la lucidez consiste justamente en estar consciente de los límites que esta misma implica, es, creemos, y no exageramos (y ahora somos nosotros quienes juzgamos), que caer en la farsa del amor propio es, ante todo, una falta moral ante si mismo. (¡Qué osadía!) Falta moral que, como todas las otras, son reveladoras de características nuestras esencial y únicamente humanas. (¡Pero qué bendición!)

Decimos falta moral, esencialmente, porque apostar por el “amor propio” (que a estas alturas es más bien un producto comercializado, que se procesa muy bien acompañado de una Coca Cola) es apostar por un conocimiento de sí que es, lo sabemos todos, imposible. No hacemos referencia solamente a la posibilidad de un subconsciente escondido determinante, ni a cualquier otro factor de determinación de la conciencia humana, sino al hecho de que se trata de una postura que atenta contra la posibilidad de ser libres más allá de eso. “Amarse a sí mismo” sería en este caso “conocerse a sí mismo”, y “conocerse a sí mismo” equivaldría a considerarse a sí mismo no solamente un proyecto elaborado y concluido, sino un proyecto perfecto (ya que su consecuencia primera es el amor). Y viene así la primera pregunta: ¿si uno es un proyecto elaborado, concluido y perfecto, vale la pena seguir viviendo?

No queremos caer en el romanticismo (en el cual, curiosamente, no podemos evitar caer en la era posmoderna) de ver la vida como una lucha y un sufrimiento eterno, pero mucho de esto es ciertamente real, en la medida en que uno está, efectivamente, solo en medio de una tormenta desconocida sin final a la vista. Sin embargo, lo que queremos es retomar, de una forma u otra, el postulado de Camus respecto a Sísifo. Una lucha eterna y repetitiva (absurda) es justamente la quintaesencia de una vida con un paradójico e inesperado sentido: es la vida más humana. ¿La diferencia entre un postulado romántico y un postulado camusiano? Pues el resultado. En la primera sí existe una Providencia, en la segunda la “Neo-providencia” (expresión evidentemente no camusiana) está en el mundo abandonado y en la acción absurda.

Ya que no nos cansamos de citarlo, retomemos a Alain. El filósofo francés resume de manera precisa y muy elocuente el corazón de la problemática que en este texto abordamos. Dice, en su texto titulado “Del amor propio”, extraído de la obra “Elementos filosóficos”: “Pero todo amor es amor hacia algo que uno mismo no posee. Amar es encontrar la riqueza fuera de uno mismo (...) y como el amor parte de uno mismo, no es a uno mismo que uno puede amar.” ¿Podemos entonces concebir el amor propio no solamente como una traición hacia uno mismo (normal a estas alturas) sino como una traición al mismo amor? ¿Es el amor propio una muestra de la perversión actual de la noción de amor?

Traigamos las reflexiones a tierras más cercanas, y, para seguir retomando las referencias a Alain, veamos lo obvio: el amor propio es una muestra de enorme (y posmoderna, no nos cansamos de decirlo) vanidad. No nos amamos a nosotros mismos, amamos la imagen que los demás tienen de uno, que nos da una suerte de seguridad en un mundo esencialmente inestable y ante el horror de una imposibilidad de real conocimiento de uno (¿qué o quién soy realmente más allá de los pequeños condicionamientos de la cotidianidad?- y esto sin tomar los enormes problemas filosóficos respecto a la libertad de la conciencia citados previamente). Comenta Alain: “Veo algo conmovedor en la vanidad: es, ingenuamente, pedir auxilio a los otros”.

En este sentido, podemos comenzar a comprender la penosa moda del amor propio. Es un sintóma de los tiempos. Es un glorificado método de defensa. Y es de esta manera que nos damos de cara contra la verdadera problemática, que aquellos que promueven el amor propio intentan evitar: ¿cuál es un método de defensa personal que pueda realmente estar a la altura de una vida y un sujeto de la actualidad, es decir, basado justamente en la revelación camusiana de Sísifo, en otras palabras justamente fundada en lo absurdo de la acción? ¿Implica una falta de afectividad hacia uno mismo? Creemos, y quisiéramos cerrar con este concepto, que podemos encontrar un indicio de respuesta en el también camusiano concepto de la mesura. Mesura para no caer en apatía absoluta, mesura para no caer en vanidad. Ambas son faltas igualmente graves.


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