• Sol Pozzi-Escot

De Flaubert, el negacionismo y el parque temático de Galarreta


No debería ser necesario abrir este texto recordando los peligros del negacionismo. Paul Rateau, autor de La vérité, le mensonge et la loi (La verdad, la mentira y la ley), advierte de 2 dimensiones peligrosas, nefastas del negacionismo, término acuñado por Henry Rousso para referirse a la contestación de la realidad del genocidio llevado a cabo contra la población judía durante la Segunda Guerra Mundial. Primero, de acuerdo a Rateau, este fenómeno nace de una intención deliberada de negar los hechos, y no es por lo tanto fruto de ignorancia, sino es una mentira en toda la extensión de la palabra. Por otro lado, al escudar la legitimidad del negacionismo a través de la libertad de expresión, el negacionista logra darle validez a su versión de la historia al ponerla al mismo nivel que cualquier otra “opinión”. En Perú, no somos ajenos a este fenómeno, como es de esperarse, sino que nos encontramos en pleno corazón del asunto. Esta semana, surgió la noticia de que el congresista Galarreta planeaba promover la construcción de un parque temático “Héroes de la democracia”, que, obviamente con el apoyo del abominable alcalde de Lima Luis Casteñeda, buscaría honrar la memoria de los “caídos durante la época del terrorismo”. Esta penosa iniciativa nace como respuesta al creciente interés por el Lugar de la Memoria, a raíz de los también penosos comentarios de la siempre penosa Karina Calmet. ¿Pero qué sobre-entiende todo este proceso? ¿Hasta dónde puede llegar? ¿Qué es lo que toda esta parafernalia de parques temáticos e intentos de censura (recordemos la llamada Ley Calmet) esconde, no solamente en niveles político-sociales, sino en relación a la naturaleza del hombre? Es decir: ¿es este rampante negacionismo una expresión puntual de un determinado contexto histórico, o es un fruto inevitable de la casi metafísica estupidez (o mejor dicho, para retomar el término de Flaubert, bêtise) humana?

*Nota: a partir de este momento, utilizaremos el término original de bêtise, que nos parece más apropiado que sus posibles traducciones al español (ser bestia, ser bruto, ser tonto...)

No es ninguna novedad que la educación en el Perú está diseñada para someter, en un impulso irónicamente colonialista, a aquella población que no es vista como nada más que una serie de burros de carga, pequeños empleados que se turnan en los mismos puestos que de verdad podrían ser desempeñados por cualquiera. Y no lo decimos nosotros, es algo que ya había señalado Mariátegui en sus Siete ensayos. En efecto, dice el pensador peruano: “La educación nacional (...) no tiene un espíritu nacional: tiene más bien un espíritu colonial y colonizador”. De acuerdo al autor, que por cierto hace hoy más falta que nunca, la educación es fundamentalmente de carácter elitista. Y no es necesario rebuscar en los anales de la historia para encontrar un ejemplo de esto: solo hay que mirar el periódico de hace un par de días, y encontraremos los terroríficos textos que se imprimirían el próximo año en los nuevos Cuadernos de Trabajo y Comprensión Lectora del Minedu. Estos planteaban ideas como aquella de la “castidad” para “resistir a la tentación”, o que se debería esperar hasta los 24 años para perder la virginidad. Sin embargo, el texto que más nos sorprendió era aquel del congresista Rubén Condori que sostenía que Hitler tenía “razón en parte” al perfilar al judaísmo como la causa de una serie de inconductas.

Y la campaña de desinformación no termina acá. Más allá de esta maquinaria oficial, digamos, que representa la educación nacional, el Estado (que a estas alturas podría estar conformado por villanos de Marvel y sería lo mismo) cuenta con una serie de aliados en los medios. Salta a la mente el escandaloso Philip Butters, rey del sofismo, la nueva luminaria de la desinformación y la ciega creencia pasional. Y no solamente están los medios de abierto corte político, sino también están aquellos, ya lo sabemos, que buscan distraer a la opinión pública con vulgares escándalos e historias patéticas de las “celebridades” del Perú, o mejor dicho, de las prostitutas en vogue. Y desgraciadamente, está funcionando. El Perú ocupa los peores puestos de las pruebas internacionales de comprensión lectora, de matemáticas, etc...

Esta ignorancia generalizada, por lo tanto, no solamente sirve para confundir a la población en relación a lo que debe ser actualmente (en relación a opiniones, tendencias, y otros) sino que confunde a la población, y esto es incluso más peligroso, ya que se trata de algo que amenaza con perennizar la estupidez, en relación a su lugar dentro de la Historia. Es aquí que sale el gran congresista Galarreta y plantea su propio Museo de la Memoria, donde se contará la historia que le conviene al Estado, abiertamente fujimorista.

Se trata de una deliberada manipulación que no podemos evitar relacionar a una serie de postulados filosóficos, que vendría a torcer (sin ser esta su intención, no creemos que estos postulados hayan servido de base oficial para estas nuevas ideas negacionistas). Es casi anecdótico... Es un fun fact... “No hay hechos, hay interpretaciones”, dice Nietzsche, en una afirmación que resulta de la muerte de la Verdad absoluta. Foucault, por su parte, lleva a esta declaración hacia sus necesarias consecuencias políticas y habla del “poder” que se encuentra en juego dentro de este dilema: posee el poder quien logra imponer su verdad como si esta fuera la verdad. De acuerdo a este último, la verdad individual de cada uno, ante la muerte de la Verdad como ideal, es finalmente superada por aquella que promueve el poder y que impone a través de sus medios. En efecto, como dice este filósofo, vivimos en un panóptico social, con un poder que observa y controla, sin dejarse observar.

De esta manera, nos encontramos nosotros, en el Perú, ante un Estado que planea reconfigurar la historia según le place, para poder de esta manera justificar, eternizar, el somnoliento letargo del que solo nos despertamos cuando Perú mete gol. El poder, es decir el ente en sí y sus tentáculos, está creando un mundo alterno, un país alterno, en nuestras caras.

Dice Deleuze que la bêtise es una determinación negativa “trascendental”, ya que es una cuestión de las “estructuras del pensamiento como tal”. Estos nos hace pensar, que se trata en este sentido de una condena: si las estructuras mentales en sí están determinadas a fallar de esta manera, ¿qué nos permitiría escapar de esta estupidez esencial del espíritu humano? Y no solo eso, es que en Perú esta estupidez esencial se encuentra sostenida por todo un aparato político, que es a su vez víctima de este mismo mal. Y es así que pensamos que la historia del Perú es el perfecto ejemplo de la tragedia, en el sentido original de la palabra. El país es una serpiente que no puede hacer otra cosa más que morderse su propia cola, y tragarse lentamente a sí mismo. Recordamos lo que nos dijo el profesor Falla: si la situación sigue de esta manera, podríamos incluso enfrentar, dentro de poco, el fin, la autodestrucción, del país. Sin embargo, esta bêtise, de carácter dual, puede ser “una facultad lamentable” o “una facultad real” (del francés royale, o sea monárquica), como lo explica Deleuze. Es de esta manera posible una reconciliación de la bêtise con el pensamiento: la primera podría producir una génesis, un comienzo, del segundo. De acuerdo a Foucault, el filósofo debe “mantenerse delante de la bêtise”, “contemplarla, hasta la estupefacción”. Sigamos entonces.


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