• Sol Pozzi-Escot

Mientras se permita el dominio del “arte de clase”, no habrá una real movida artística en el Perú


Entrevistando al cineasta Fico García hace unos años, escuché, una vez más, la principal crítica dirigida a “La Teta Asustada”, galardonada película de Claudia Llosa. La crítica consistía básicamente es categorizar a la película como “arte de clase”, en el cual la directora proyectaba su “visión de clase”. En otras palabras, se dijo que la directora proyectó en su película paradigmas y concepciones respecto a clase social que estaba retratando con una visión casi de alienígena, fruto de su posición social, que todos conocemos, que le sirvió para posicionarse ella misma como observadora. Pero hay una voluntad arcaica, casi indigenista, en esta crítica, que plantea implícitamente que el enfoque creativo debe ser de corte realista, que la problemática abordada en el filme, precisamente aquella de las secuelas del terrorismo en una población cada vez más urbanizada, debe necesariamente rendir cuenta de una visión de igual a igual: uno debería hablar de lo que conoce, ya que lo ha vivido. Nosotros no compartimos esta posición respecto a “La Teta Asustada”, que claramente, por donde se le vea, es una obra de muy elevada calidad artística independientemente de los “condicionamientos” de su autora, que justamente logra superar, a diferencia de otros ejemplos que posteriormente trataremos. Lo que haremos es usar esta anécdota como excusa para ver si es verdad que una “visión de clase” proyectada en una creación artística mediocre reduce el fenómeno artístico a un capricho de burgués aburrido.

No es difícil comprender este fenómeno, sobre todo en una sociedad como la nuestra. La separación de los diferentes aspectos de producción conlleva la división del trabajo mental y manual, que a su vez condiciona la separación de la humanidad en clases. De esta manera, la alienación fruto del trabajo como se entiende en la actualidad ha causado la exclusión de la mayoría del mundo de la cultura. De acuerdo a Engels, la minoría que domina la el arte, la ciencia y el gobierno usará esta posición de acuerdo a sus intereses. Es entonces dable hablar de “arte de clase”, a tal punto que el “de clase” parece redundante, ya que en un país como el Perú el arte será necesariamente sobre todo cuestión de ricos. En el año 2013 se presentó una extraña exposición que pretendía dar cuenta de la importancia del cuidado maternal hacia los hijos a través de lo que una de las dos personas a cargo del proyecto calificó “como una metáfora”. Esa cuasi-metáfora, esa cosa parecida a una metáfora, era la Reforma Agraria. ¿El chiste se cuenta solo o seguimos? Sigamos, mejor. La referencia a la Reforma Agraria consistía en dejar bien claro que el Estado “abandonó” a sus campesinos, lo que tuvo nefastas consecuencias para el país. Un cliché de Velasco por acá y otro por allá, la cuasi-metáfora consistía en mostrar cómo, cuando un padre no le presta atención a sus hijos, estos tendrán tendencia a caer en la anarquía y el caos, ya que necesitan ser enmarcados por una entidad superior. Al parecer, a los niños y a los campesinos no les da para más. Antes que nada nos preguntamos: ¿era necesario hacer una exposición para decir esto? En fin...El corazón de la problemática del arte de clase yace en el corazón de esta exposición: ¿los campesinos son los hijos de Papá Estado? ¿Qué es esto, la Hacienda? ¿Cómo gobernar, con paternalismo? ¿Ven acá hijito que te doy tu táper, pero te exploto hasta que te mueras para después reemplazarte con tu hijo que es un poco más de lo mismo, pero además es joven? Está de más decir a qué clase social parecían pertenecer las muy inspiradas y maternales encargadas de la exposición.

No es con pretenciones incendiarias que decimos que el corazón de la Colonia sigue inmerso en la sociedad peruana, lo que se manfiesta indudablemente en la creación artística, que de por si es paupérrima y muy poco inspirada. En efecto, dice Mariátegui respecto a la literatura, en una citación que podría abrirse a la totalidad del arte: “Nuestra literatura no es solo colonial por su dependencia y su vasallaje a España; lo es, sobre todo, por su subordinación a los residuos espirituales y materiales de la colonia” El paternalismo en el arte es entonces una consecuencia directa y clarísima de la Colonia psicológica en que viven a su manera ambas la clase dominante y la clase dominada. Y no es solo a Marx que hacemos referencia, es también a Bourdieu, quien habla de “dominantes” y “dominados” en la estructura social. Bourdieu habla de una batalla entre “dominantes” y “dominados”, en la cual un grupo busca ganar terreno sobre otro. ¿Si todas las fichas están del campo de los “dominantes”, qué esperanzas hay para los “dominados”?

En una galería de alcurnia de Lima, en la cual definitivamente se siente la presencia espiritual del Virrey, se presentó una muy ocurrente exposición que mostraba cuadros pintados con agua de mar. En las telas no se veía absolutamente nada. Creemos que el chiste del arte moderno se ha contado tantas veces que contarlo acá sería tan predecible que no causaría gracia alguna. Mejor hablemos de Hegel. Al declarar la muerte del arte, el filósofo da a entender que este, al haber superado la fase simbólica, la clásica y la romántica, “es cosa del pasado”, ya que evoca un mundo que ya no es aquel en el que existimos. El arte pierde entonces su destinación absoluta y cae en la contingencia. Se vuelve un “juego con los objetos”. Deja de esta manera de expresar el espíritu de un pueblo. ¿De qué nos están hablando entonces todos estos artistas o aspirantes a artistas que hacen bajar de lo más alto de los cielos sus propias concepciones y sus propios paradigmas respecto a cuestiones sociopolíticas, planteándolos en un lenguaje tan pobre y tan poco universal que paradójicamente no hace más que afirmar su propia muerte (una muerte risible, además)? Efectivamente, el arte de clase se ha mezclado con el “papanatismo” del cual habla Vargas Llosa en “La civilización del espectáculo”, y el movimiento artístico es una excusa para tomarse fotos con la chica o el chico de moda, en la galería de moda, para la revista de moda. Una visión de clase torna al arte en bandera masturbatoria de superioridad social. La monopolización del arte, en conjunto con su carácter excluyente, pone la manifestación artística a favor del empobrecimiento espiritual e intelectual de las clases dominadas. El arte, en el Perú, es esencialmente un gran juego de charadas. Pero un juego de charadas que se queda a medias: la producción artística de clase ni siquiera es buena. Es un intento de arte que a escala mundial, es francamente patético.

¿Entonces qué nos queda, al resto? Pues nos queda el hecho de que somos mayoría. Mariátegui hace referencia, en el “Balance Provisorio” del sétimo y último ensayo titulado “El Proceso de la Literatura”, a la “dispersión” de los “corifeos” del “llamado futurismo”. Más allá de las connotaciones, centrémonos en el término de “dispersión”. Es imperativo que todos aquellos que han sido y siguen siendo parias del sistema cultural se unan en un solo llamado, y usando los medios que la actualidad pone a su disposición, en otras palabras el Internet, hagan saber al resto de este intento de Mini-Me de las corrientes dominantes mundiales que es el Perú, que existen, tienen una voz, y la determinación y la voluntad detrás de esa voz callará a todas las otras voces que desde un pedestal intentan cantar, produciendo un horrible grito desafinado que por injusticia histórica es el único escuchado. “En la historia de nuestra literatura, la Colonia termina ahora”, dice Mariátegui casi 100 años atrás. Juntémonos, hagamos un esfuerzo, y démosle finalmente sentido a las palabras del Amauta. Que ese “nuevo sentimiento” que el intelectual predice terminando su libro deje de ser un ideal obstaculizado por el infernal sistema y al usar calculadamente sus propias configuraciones, pueda finalmente superarlo y establecerse. La Colonia viene durando demasiado.


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