• Sol Pozzi-Escot

Ollanta Humala y la cuestión del suicidio


“Deberia suicidarse”, le dijo su padre. Se le cerraron todas las puertas al desgraciadamente hacer lo que podría ser visto como el ridículo político más grande de los últimos años. Todo lo invitaba a resignarse a aceptar que su vida entera es su Waterloo. Y Humala, con la férrea convicción que cada uno de sus pasos parece determinar, decidió volver. Decidió, al salir de la cárcel, presentarse junto con su mujer a la prensa, como presentándose ambos cuales trofeos de guerra que ellos mismos lograron obtener y salvaguardar. Sobrevivieron. Viven para contarlo. Y en ese sentido, esa reificación del “nadie me quita lo bailado” que viene a ser ahora nuestro ex presidente, si consideramos el asunto con fina ironía, podría albergar en sus entrañas el antídoto ante el suicidio. Creemos ciegamente que acá encontraremos una respuesta, una salida a este invierno del alma. ¿Vemos en Humala el triunfo de la voluntad del espíritu ante las ignominias del mundo? Hagamos entonces, por diversión, un repaso de la cuestión del suicidio a través de la feliz figura de nuestro ex presidente, y veamos en qué medida su persona nos permite entender mejor este fenómeno.

¿Qué hace uno cuando es instado al suicidio por su propio padre? Y consideremos también que no se trata de cualquier padre, sino que se trata de Isaac Humala, quien cierto rol ha venido cumpliendo en la sociedad peruana a lo largo de varios años. Pero pensemos en Humala... Pobrecito... ¿Uno hace lo mejor que puede para lograr esa “gran transformación” del país y del espíritu para únicamente recibir portazos en la cara e invitaciones al suicidio por parte de su propio padre? ¿Pa' eso?

Sin embargo, como dice Montaigne, “Quien le enseña al hombre a morir, le enseña a vivir”. El filósofo francés plantea la cuestión del suicidio como un acto de desesperación, ya que representa ceder ante algo que no concierne al hombre ni vivo ni muerto: ni vivo, porque no está muerto, y ni muerto porque ya no está vivo. ¿Le quiso don Isaac dar una lección de vida a su hijo al invitarlo formalmente, en señal abierta, al suicidio? ¿Estaba cumpliendo su rol de padre de la manera más fiel y certera? ¿Es esa invitación al suicidio una invitación a reconsiderar la vida?

En efecto, de acuerdo a Spinoza, el suicidio no es una expresión de libertad, sino es la consecuencia de un estado de servidumbre del alma sometida una serie de causas externas que limitan su conatus. ¿Esa causa externa se llama Nadine? ¿El conatus de nuestro ex presidente era sometido por la lideresa de su partido, también conocida como su mujer? ¿Y la única escapatoria era el suicidio? ¿Cuáles serían esas causas externas? ¿Odebrecth?

Pero pensemos en otra cosa, dejemos la disgresiones, y pensemos en qué quería decirle exactamente don Isaac a su hijo cuando le dijo que lo más sensato dadas las circunstancias era llevarse a sí mismo a mejor vida. ¿Qué implicaciones tiene esta expresión? De acuerdo a Durkheim, cuatro son los tipos de suicidio. El primero es el suicidio altruista, causado por una baja importancia del yo, que surge cuando uno juzga que ya no puede seguir viviendo por motivos justos y naturales. El suicidio egoísta, por otro lado, representa un escape del sujeto en relación a sus débiles vínculos sociales que no le permiten comprometerse con su propia vida. Esa falta de coerción vendría de la sociedad y sobre todo de la familia, afirma el sociólogo. El suicidio anómico, a su vez, se da sobre todo en sociedades cuyos límites sociales y naturales son más flexibles. Finalmente, el suicidio fatalista implica que las circunstancias hayan sobrepasado al individuo, quien juzga que ya no puede superar la situación. Es el ejemplo del suicidio del esclavo. Pero vaya, no encontramos claridad acá, don Isaac podría haber estado haciendo referencia a estos cuatro tipos de suicidio, a un megasuicidio... Parece que al patriarca ya no le importaba nada, solo quería que su hijo desaparezca, ya está, chau, se acabó.

¿Pero dónde se dio la caída en desgracia del desafortunado ex presidente? ¿Cuándo fue que su alma dejó los reinos de lo inmóvil y lo puro y se inmiscuyó en la más degradante corrupción del espíritu que lo llevó por 9 meses a la cárcel? “Madre mía”, como exclamó en un debate el candidato Toledo, quién sabe... ¿Será que Humala pecó de inocentón? Si Humala pecó de inocentón al querer vendernos el paquetón de figuritas que quiso vendernos en el 2011, pues sigue pecando de lo mismo cuando se presenta en su garaje con su esposa y dice que han salido “fortalecidos políticamente”. ¿Qué? ¿Perdón? ¿Fortalecidos políticamente? ¿De verdad el señor Humala pretende que nos traguemos el mismo cuento que nos tragamos en el 2011? Admito que yo tenía 14 años cuando esta contienda tuvo lugar, y que emocionadísimo por las promesas de un Perú íntegro que repartía el candidato, decidí pues apoyarlo en la medida de lo posible. Pero pasó todo lo que pasó, y lo que había que demostrarse ya se demostró. ¿De verdad el señor Humala pretende que todos los peruanos tengamos la mente de un chico de 14 años? ¿Dos veces? ¿Qué se cree, Alan García?

Pero no. No es Alan García. Es Ollanta Humala y su padre lo invita al suicidio. Si Alan García es el Don Juan de Molière, obviando claramente la parte del “castigo final” aunque esta pueda ser interpretada de otras maneras, pues Humala es Sganarelle. ¿Cuál es ese antídoto al suicidio que pose el alma del nacionalista? ¿Es el amor al Perú? ¿Es el “salario”, el “salario, “el salario” (“mes gages, mes gages, mes gages” exclama Sganarelle cuando desaparece Don Juan, cerrando la obra)? ¿Es esa determinación punzante que de hecho yace en su alma de ser más grande que ese nihilismo esencial que lo tienta a acabar con todo? Si seguimos con nuestra línea dada por el Don Juan de Molière, estamos condenados a decepcionarnos en relación a nuestra búsqueda. Y sospechamos que deberíamos seguir esta línea. De esta manera, esa determinación yace en la falta de conciencia de si mismo, de la falta de visión que uno puede tener de la profundidad de sus errores, que no le permite siquiera verlos como tales. Es vivir en una dimensión alterna.

El ejemplo del señor Humala no nos brinda por lo tanto ningún antídoto bueno ante el suicidio. Una lástima. Sigamos buscando.


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