• Sol Pozzi-Escot

Del nihilismo, la locura y el surrealismo en relación a la realidad peruana


Es normal pensar, ya que es algo sugerido de manera implícita por los medios, y expresado en cada lugar común que el lenguaje escupe, que la “locura” del genio es necesariamente destructiva. O mejor dicho, que la locura destructiva del genio/héroe romántico debe ser objeto de exaltación y celebración por parte de nosotros, los pobres mortales, que nos quedamos con las piernas submergidas en este lago de cemento fangoso que es el mundo. A través de su análisis del surrealismo en relación a la cuestión de la rebelión inlcuído en “El Hombre Rebelde”, el escritor francés Albert Camus tumba una serie de clichés en relación al valor de la destructividad como arma de revolución. Pensamos que es importante traer esta reflexión de vuelta a la actualidad, ya que tenemos la impresión de que en Lima, Perú, vivimos en una sociedad destructivamente surrealista.

Recordemos que Breton dice que el acto surrealista por excelencia es salir a la calle con un revólver y disparar aleatoriamente a los transeúntes. Pareciera que todos los días somos testigos de esta clase de actos gratuitos, que revelan un profundo dolor social, y una gravísima falta de comprensión del acto rebelde. ¿Es en este sentido el chico que prendió fuego a la chica en el bus un héroe surrealista? Digamos de manera abierta y tajante que la respuesta es no, no hay nada de heroíco en ese cobarde nihilismo. Prosigamos entonces la reflexión iniciada a través de la conversación con la doctora Caplansky e intentemos llevarla hacia nuevas dimensiones.

Camus abre este explosivo capítulo dedicado a la cuesitón surrealista en relación a la rebeldía citando el caso del poeta Rimbaud, que según el autor del "Extranjero" es quien abrió las puertas al nihilismo esencial que esconde el surrealismo. De acuerdo a Camus, la opinión común exalta el hecho que el joven poeta haya decidido darle la espalda a su genio, y negar la afirmación de su creatividad, en el acto romántico de rebeldía ante Dios (demiurgo o ente sobrehumano) más trágico y valiente que uno se pueda imaginar. Y el Nóbel se pregunta: “ ¿Pero dónde está la virtud del que le da la espalda a la contradicción y traiciona a su genio antes de haberlo sufrido hasta el final?”. Traigamos estas reflexiones al interior de nuestras fronteras e intentemos ver la cuestión de la siguiente manera: ¿es el Perú una sociedad de héroes románticos nihilistas, que después de décadas (o mejor dicho siglos) de sufrimiento social hemos decidido darle la espalda a una posibilidad de creatividad constructiva para destruir burlonamente todo aquello que deberíamos reivindicar? La doctora Caplansky, al discutir el tema con nosotros, nos señaló que el terorrismo y el gobierno de Fujimori fueron dos flagelos terribles a la sociedad peruana: ¿fueron estos hechos los que coronaron la Historia y nos condenaron a emprender una negación de todo, incluso de nosotros mismos y nuestro poder de existir?

De acuerdo a Camus el hecho de no ser nada representa “el grito de un espíritu harto de sus propias rebeliones”. Y la cosa no se acaba acá: el autor califica este hecho como un “suicidio del espíritu”. Hoy por hoy, acá donde estamos, asistimos diariamente, donde sea que miremos, el “suicidio del espíritu” de muchas y muchos, lanzados de cara al nihilismo, ante cierta mitificación de quienes los rodean. ¿Tan mediocre se ha vuelto el "espíritu"? Y claro que todo esto tiene connotaciones político-sociales: podemos decir que es fruto de un fenómeno político-social con tentáculos históricos. Pero acá no se trata únicamente de analizar el valor de la Historia para la conciencia humana y su expresión en el campo de la acción, sino de considerar la conciencia humana como unidad en el tiempo, dotada de innegable libertad para lanzarse al campo de la acción. Sin embargo este nihilismo es propio del acto rebelde, como lo plantea Camus a través del ejemplo surrealista.

El surrealismo busca responder a esta inquietud existencial del espíritu. De acuerdo a Maurice Nadeau, (citación incluida en el mismo fragmento de Camus), el surrealismo es “un grito del espíritu que se da la espalda a sí mismo y decide moler profundamente estos obstáculos”. Y es acá que la cosa se pone seria ya que las consecuencias de este posicionamiento de la conciencia son esencialmente nefastas: el asesinato y el suicidio. Recordemos lo que dice Breton acerca del acto surrealista por excelencia. Llevémoslo más lejos, y citemos a Camus, cuando dice que en este sentido “para liberar el deseo, se debe primero derribar la sociedad”, haciendo referencia a cierta concepción surrealista. ¿Tiene entonces un sentido lógico, espiritual, hegeliano, que el terrorismo haya llegado al Perú como llegó y cuando llegó? ¿Es históricamente natural y necesario que vivamos en un país que se destruye desde sus cimientos? Y finalmente: ¿es en este sentido absolutamente necesario que esta destrucción se de a través de y gracias al nihilismo automatizado que gobierna la mente de los 30 millones de pobres almas que habitamos este país? ¿Es esto motivo de celebración? ¿Dale compadre una chela que nos vamos al mundial?

La rebelión deja entonces de ser un acto noble si está sujeta al deseo de rebelarse de manera arbitraria, bajo pretexto de libertad intelectual, ante este mundo en el cual vivimos. Y es acá que sobresale la contradicción en el alma de la cuestión surrealista: para el surrealismo no hay salvación del alma. El surrealismo pretende, como lo dice Camus, “purificar e iluminar la trágica condición del hombre”. En efecto, el objetivo supremo de esta corriente de pensamiento, por oposición al marxismo, no es el advenimiento de un nuevo “reino”. ¿De qué creatividad hablar entonces? Se podrán escribir páginas al respecto, pero como lo especifica el autor de La Peste, “la revolución y el amor son incompatibles”. “Nihilistas de salón” abundan, se trata hoy de buscar conjuntamente una salida, adaptada a la realidad peruana y adaptada a sus marcas propias de temporalidad, de superar este nihilismo social. Las puertas están abiertas y posibilidades hay. Solo los años venideros nos mostrarán qué tan fácil es abandonar “la exaltación de la media-noche” y cambiarla por “la exaltación del mediodía”, ambos términos camusianos incluidos en el capítulo al que venimos haciendo referencia. El nihilismo puede mantener su careta por un tiempo muy limitado antes de revelar su verdadero carácter débil y destructivo


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