• Sol Pozzi-Escot

El bovarismo en épocas de Facebook


Creemos que no podemos evitar abrir diciendo que dentro de cada uno de nosotros yace inevitablemente una parte de Madame Bovary, ya que no sería absurdo decir que es justamente en base a retazos de la imbecilidad, o mejor dicho bêtise de cada uno de los pobres infelices que poblamos esta Tierra que la sufriente romántica fue ideada. La sufriente romántica somos todos, y somos especialmente propensos a sufrir si vivimos en un jovial país que es lo que es. Pero la reflexión aquí pretende ir, gracias a Dios, un poquito más allá de las coloridas fronteras y las corroídos cimientos de esta bella tierra. Hablaremos en términos generales. Tampoco predicaremos, porque quien predica cae por definición en la categoría de imbécil primal, el rey de la falta de autoconciencia. Intentaremos redondear, sin tampoco pretender elaborar un ensayo académico, los puntos cardinales que encuadran nuestra idea y nuestra humilde tesis. Y nuestra humilde tesis es aquella que formula que las redes sociales truncan el establecimiento de la conciencia como entidad autónoma enmarcada por el tiempo y el espacio. Se querrá explicar que las redes sociales, un elemento bien percibido por la sociedad actual, al origen de un progreso de diferente índole, ya sea económico, profesional o social-psicológico (hay quienes profesan que estas plataformas están al servicio del carácter social del hombre, potenciándolo) terminan teniendo un impacto opuesto al que se pretende puede tener, ya que terminan hundiéndonos a todos en una laguna incluso más profunda de la que ya estamos.

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La conciencia es proyección en el tiempo. Se trata de un concepto clave del esencialismo fenomenológico en el sentido en el que le da Husserl. De acuerdo al pensador, “La conciencia siempre es conciencia de algo”, ese algo enmarcado por el tiempo. Esta conciencia tiene su objeto en el tiempo pero también es sujeto de este. El yo que piensa no solo es parte de una sociedad y de una época precisa y única, sino también es sujeto de un universo personal, consecuencia o no de los primeros elementos enunciados, que está sujeto a cambios y transformaciones originados por la voluntad o una serie de otros elementos en este sentido metafísicos. Existir es escoger, proyectar, intencionar, dentro de un marco temporal sobre todo.

Asumiendo que se trate de una conciencia libre y por lo tanto dotada de la imaginación, fenómeno inevitable consecuencia de la experiencia del mundo, esta proyección en el tiempo es potencialmente infinita. Quiero ser esto, quiero ser aquello y quiero ser mil cosas más aunque estas cosas no estén necesariamente a mi alcance práctico, mas si lo está a mi alcance teórico: puedo imaginarlo. Podemos entonces hablar de la vida como quien habla de una carrera en la que uno intenta cumplir ciertas expectativas que uno se pone, en un tiempo limitado obviamente por la muerte. Se podría en este sentido poner una primera piedra en el luminoso camino de la realización de uno a través de la siguiente pregunta: ¿por qué sería esto y no lo otro? ¿Por qué sería algo? En este punto nos referimos a la crísis existencial del romántico perdido en su bosque infinito, del pobre barco a merced de la tempestad. Esta crisis existencial, tal como lo propone la obra maestra de Flaubert, es típica muestra de una enfermedad social de la actualidad: el aburrimiento. Vivimos en un mundo de tantas posibilidades existenciales, de tantas posibilidades de acción y de devenir, que uno puede resultar aplastado por este fardo existencial, y en un pecado heideggeriano, perderse en el mundo de las ilusiones, del falso devenir, pauteado por una sociedad capitalista concentrada en el objeto y su valor social como medida de la libertad de la conciencia.

¿Qué volverse entonces? Las estructuras mentales de proyección temporal, que apuntan a ideas puramente psíquicas y no platónicas, son como hemos dicho difusas por su potencialidad al infinito. Sin embargo la actualidad trae un reto nuevo, con la llegada de las llamadas redes sociales. Las cosas a las que uno apunta en el momento y en el tiempo se vuelven incluso más difusas por ser objeto de una desfiguración en un nivel de lenguaje: el contenido, la “esencia” o el noúmeno se pierde incluso más si es fruto de una confrontación ya no directa, como aquella propociada por y en el lenguaje como confrontación directa y lógica de enunciados, sino digamos terciarizada, a través de un ente que sirve de puente (la red social) y un enjambre de nuevos conceptos y formas de afirmarse en el mundo que son fruto de la modernidad. Y esto trae una inevitable frustración.

Primero, por ser fruto de la emulación de algo que uno no conoce de verdad y no puede conocer. El usuario de redes sociales persigue inalcanzablemente un ideal que proyecta en estos medios y que es retroalimentado por y con los demás. Si uno decide mostrarse de tal manera en redes, para construir una identidad como quien construye, de acuerdo al existencialismo, su esencia a través de la acción, esta identidad que uno quiere proyectar termina perdiéndose entre lo que originalmente fue y aquello en lo que se transforma a ser confrontada al universo en línea, lleno de sus propios paradigmas y mandamientos, que son momentáneos y efímeros. Uno podría decir que esta constante recreación es positiva, ya que es creatividad pura. Sin embargo podemos argumentar que se trata de una ilusión de acción, que toma forma en un mundo donde la cosa jamás va a tener un impacto duradero, ya que el mundo que la alberga no solo cambia en fenómeno, sino también en esencia. No hay estabilidad, todo se pierde por el instante en el instante a cambio de otro instante, aparentemente nuevo. Y recordemos que Madame Bovary sí hizo muchas cosas para salir de su aburrimiento. Así como era, tenía por lo menos la virtud que viene con la acción.

Pretendamos entonces traer de vuelta la hipótesis que Descartes postula en relación al “genio malvado”. En las Meditaciones Metafísicas, el francés crea el concepto de “genio malvado” para describir a un ente teórico cuyo único propósito es hacer que el sujeto se equivoque constantemente en su camino hacia la Verdad. No pensemos tanto en la cuestión de la búsqueda de la Verdad, tema muy interesante en el contexto actual, sino pensemos las redes sociales como este “genio malvado”, que en base a las ilusiones y los pseudo-paradigmas establecidos por el juego creativo de la conciencia en este moderno campo cibernético, confunde abierta y perniciosamente a una conciencia en búsqueda de afirmación en el mundo. El mundo ya no está delante de uno, está en una pantalla y uno lo puede prender y apagar cuando lo desea. Se pierde la frontera en la caverna platónica y el mundo de las ideas.

Y es así como podríamos creer que las redes sociales serían un obstáculo en la búsqueda de la realización que emprende la conciencia. El mundo en el que se vive es un mundo de mentiras y falsas construcciones incluso más perniciosas que aquellas causadas por el lenguaje en el sentido clásico. No podemos evitar recordar a Heidegger, y pensar que estamos efectivamente viviendo una pérdida del Ser, una dilución del Ser en un mundo del cual uno no puede, y ahora más que nunca, sujetarse de nada. Queda solamente tomarse la tarea de la existencia con suma responsabilidad y con suma cultura, usando los medios que la actualidad nos presenta sin compremeter la libertad creativa de uno. Recordemos lo que le dijo el cura a Madame Bovary, “No hay que tocar a los ídolos, su dorado se nos queda en las manos”.


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