• Sol Pozzi-Escot

"Te amo demasiado" o la lucha primal por la mesura


La palabra demasiado significa, según la Real Academia Española, “en número, cantidad o intensidad excesivos”. La palabra deriva de “demasía”, que significa exceso. Sin embargo escuchamos, de manera cada vez más propagada, frases como “te quiero demasiado”, “me gusta demasiado”, o sus contrarios y mil variaciones más. Es conocida la idea que la lengua engaña, a través de la mancha del mundo físico le quita a la palabra ese velo de pureza ideal que la adorna. No podemos entonces evitar preguntarnos, ¿este “demasiado” es solo un mal uso de la lengua que por la lengua se transmite? ¿O revela aspectos oscuros de una sociedad, marcada por el desborde, la demasía, del deseo?

Consideremos lo que implica el deseo. Significa, como dice Platón en el Gorgias, un barril sin fondo dentro del hombre: cuando parece que se ha llenado, se vacía y debe llenarse de nuevo. Es la marca de la falta de moderación por excelencia. Podemos decir entonces que “demasiado” es la marca más obvia, la trampa del lenguaje más clara y reconocible del secuestro por el deseo del lenguaje. Está en cada palabra, porque no solo es el “demasiado” el que anuncia un deseo desmedido y probablemente enfermizo o patológico, sino es lo que se sobre entiende en la representación mental del objeto deseado: el objeto es idealizado. Lo quiero demasiado, porque es demasiado bueno. Esta guia mental, en la que el objeto deseado se vuelve una luminaria nocturna, es fruto de un profundísimo lago de confusión: el inconciente humano. ¿Y qué hay ahí? Pues de todo. Intentar pasar las puertas del deseo es entrar en territorio irracional, infantil, infinitamente creativo.

“Te amo demasiado” dicen, como Romeos y Julietas desbordados, en el colmo de los romanticismos. Y tiene sentido; detrás de este “demasiado”, de este deseo indomable, se esconde de acuerdo a Schopenhauer la necesidad de la supervivencia de la especie. En efecto, toda persona aspira a conservarse, individualmente y como parte de una sociedad. De acuerdo a Spinoza, cada individuo tiende a preservarse dentro de su ser y no puede ser destruido más que por un agente exterior. En este sentido el “demasiado” es cosificación por el lenguaje de este deseo primal, desencadenado, de preservación. Es la expresión de este miedo profundo de la desaparición, de la muerte, del olvido. Uno dice “te amo demasiado” como quien se aferra desesperadamente a los últimos confines que puede ocupar dentro de la conciencia del otro. Y en un mundo como el de hoy, donde todo cambia de un día al otro y la verdad es una ilusión social, este “demasiado” puede ser un grito desesperado del hombre delante del caos temporal, una voluntad de regreso a un pasado idílico, a un útero pacífico, sin tiempo ni muerte.

De acuerdo a Larochefoucauld, “Hay personas que jamás se hubieran enamorado si no hubieran escuchado hablar del amor”. Podemos comenzar a divisar una serie de consecuencias de esta frase. Por un lado, el deseo se posiciona como subordinado al otro, a través del vehículo del lenguaje. Por otro lado, este deseo busca emular al otro, con la finalidad de ser reconocido como igual, como ente existente. Podemos entonces preguntarnos: ¿es el deseo, en términos abstractos, un motor metafísico de la conciencia, que determina desde las pulsiones de uno hasta el lenguaje que uno emplea? ¿O es este lenguaje, que fruto del paso de tiempo y la evolución de los valores en la sociedad, que determina lo que uno debe desear con el fin de poder ser afrontado y reconocido como un ser libre? ¿Hay en el deseo un principio único, esencial, original del cual brotan las diferentes expresiones de una civilización? De acuerdo a Lacan, el deseo no es cuestión de naturaleza, es cuestión de lenguaje, un hecho cultural. Y aumenta: el objeto del deseo no se encuentra en la realidad material, sino en las fantasías individuales de uno. Y es en medio de este laberinto que aparecen pequeñas brújulas que nos indican ciertos nortes, lo que permite establecer las bases de una sociedad. El “demasiado” que inocentemente arrojamos para caracterizar la intensidad de nuestro sentimiento o de nuestro deseo es entonces un hecho cultural, la expresión de una civilización que busca un orden, una figura de Padre. El “demasiado” es una manera de limitar a través de un vocablo reconocido por el otro como desborde, un deseo que de ser dejado libre significaría la destrucción misma del lenguaje y de la sociedad. Es caminar sobre la línea más fina de todos, aquella de una mesura a punto de estallar.

Digamos entonces que el “demasiado” no es, como nos preguntamos al inicio de este pequeño manifiesto, un síntoma de una sociedad perdida dentro de un infinito capitalismo masturbatorio (tesis que también es más que válida), sino es una manera para uno de reconocerse a si mismo como sujeto de deseo, mientras a través de un lenguaje que sirve de puente y de traducción de la voluntad, uno busca esa misma aprobación dentro del otro en dirección de uno y dentro de si mismo. Es afirmar que a través del desborde se puede encontrar una mesura, siempre y cuando haya un lenguaje que la encuadre. Sin embargo el “demasiado” no es más que una expresión de esta lucha constante entre la mesura y la demasía.Hay muchas más expresiones, incluso más peligrosas. El advenimiento de las redes sociales está lentamente limitando la palabra a una función y a un significado efímero, muy preciso dentro de un cuadro en particular. Imaginemos entonces un futuro donde nada significa nada, ya que todo puede significar cualquier cosa. Si este deseo no es retenido y sublimado por el lenguaje, como lo especificamos más arriba, se abren las puertas de la irracionalidad absoluta. Queda entonces preguntarse si esto sería objeto de renacimiento surrealista o de destrucción nihilista. El tiempo lo dirá.

#coronavirus #artículo

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