Un 5 de abril más cercano que nunca



Fue hace 29 años, en un 5 de abril como el día de hoy, que Alberto Fujimori llevó a cabo el recordado Autogolpe de Estado, con el cual puso fin al corto periodo democrático de dos años de su mandato e inició la dictadura fujimorista que se prolongaría hasta su renuncia por fax y posterior vacancia en el año 2000. Sería sencillo decir que con este último suceso se terminó uno de los periodos más corruptos de nuestra historia como República y todo lo relacionado con ello quedó atrás, pero lejos estamos de tal escenario. A menos de una semana de las elecciones generales, pareciera que aquellos años estuvieran a la vuelta de la esquina.

La razón es que las preferencias electorales en torno a los candidatos presidenciales que encabezan las encuestas señalan a tres personajes que pueden pintarse como distintos, pero que realmente son parte de la misma naturaleza: Keiko Fujimori, Hernando de Soto y Rafael López Aliaga. Los tres poseen raíces fujimoristas claras. La primera, hija del dictador que en anteriores ocasiones tentó el sillón presidencial sin tener éxito. Con los últimos cinco años de convulsión política, producto de la aplastante mayoría fujimorista en el pasado Congreso, el rechazo hacia su figura se acrecentó con creces (más del que ya existía antes), por lo que en esta ocasión ha decidido recurrir a la completa imagen de su padre, buscando captar el voto duro de los fieles seguidores albertistas.

El segundo, por su parte, si bien durante esta campaña ha procurado distanciarse (de forma bastante suave) de Alberto Fujimori, no puede negar la estrecha relación que mantuvieron durante los años del golpe. Hernando de Soto no puede negar que fue él quien le escribió (plagió, mejor dicho) el discurso que Fujimori leería durante su presentación ante la OEA para justificar el autogolpe, así como tampoco su nula crítica a la violencia y la corrupción de la dictadura en su momento. Incluso hasta ahora sigue justificándolo escudándose en el “éxito económico” del periodo, minimizando los horrores del mismo. Además, a ello hay que sumarle que también fue parte del equipo técnico de Keiko Fujimori durante la segunda vuelta del 2016.

El tercero, al igual que Hernando de Soto, quiso encubrir sus vínculos con el fujimorato al señalar que sus inversiones fueron muy afectadas durante la dictadura y que, por lo tanto, es un férreo enemigo del fujimorismo. Sin embargo, la verdad es que Rafael López Aliaga y su socio de entonces, Lorenzo de Sousa, se beneficiaron con creces a fines de los noventa cuando se asociaron, por medio de sus empresas Peruval Corp y PeruRail, a James B. Sherwood y su empresa Orient-Express (ahora Belmond Hotels) para entrar con fuerza al mercado hotelero y al mercado ferroviario, generando en el caso de este último el conocido monopolio que existe en la actualidad en el Cusco. Todo ello se habría dado por medio de Eduardo Ponce-Vivanco, quien fue viceministro de Política Internacional y secretario generales de Relaciones Exteriores en 1994, así como embajador en Reino Unido entre 1995 y 1999, y quien además fue presentado como posible ministro de Relaciones Exteriores de López Aliaga. En su calidad de alto funcionario de Fujimori, Ponce-Vivanco pudo agendar una reunión entre Sherwood y el expresidente en donde este le contó sobre los beneficios de invertir en el sector turismo peruano, así como favorecer al trío con información desleal para que pudieran hacerse de las concesiones requeridas.

Entonces, resulta preocupante que entre los primeros lugares en intención de voto encontremos a estos tres candidatos que poseen tales lazos con la corrupción, la violencia y la censura institucionalizada del fujimorato. Lo que sí es un hecho es que en el Congreso tendremos a representantes de estos tres partidos que también tienen vínculos con el fujimorismo. En una fecha como la presente, en donde deberíamos recordar la degeneración de un régimen que tanto daño le hizo a nuestro país y cuyas raíces se siguen extendiendo hasta ahora, es preciso reflexionar sobre el escenario electoral que tenemos frente a nosotros y preguntarnos si esto es lo que verdaderamente queremos, volver a la convulsiva década de los noventa, o si queremos un cambio real que sepulte la herencia perversa descrita, aquella que nos entregó los últimos cinco años de desastre e inestabilidad política.

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