Semana Santa: Cómo escapar de Ben Hur con Netflix



Para esta semana santa, sé que muchos y muchas decidieron quedarse en casa y respetar las medidas promulgadas por el gobierno (y los distintos gobiernos del mundo). Créanme, sean creyentes o no, con eso es más que suficiente para celebrar esta semana santa o al menos realizar una tarea encomendada por la santísima institución. Para las otras personas, parece que el virus se extingue al momento de cruzar peajes.

Considerando que, en la televisión, aunque ya no se le preste tanta atención como antes, en estas épocas es común que se transmitan películas con temáticas religiosas y, en muchos otros canales, se expone a la fe como una máquina de adoctrinar en base al buenismo, pobrismo, humanismo y una infinita cantidad de ismos que podemos llegar a oír y, después, queremos escupir del hartazgo. Y mejor ni hablar de esa película, gran película, que ya hemos visto innumerables veces en la televisión y que, también, queremos o tenemos ganas de escupirla por el hartazgo de su exagerada programación (hablo de Ben Hur), aquí les traigo dos recomendaciones de ese cine eclesiástico que, estoy seguro, no aburre. Es cierto que podemos ver lo que se desee, pero está divertido revisar películas que toquen estos temas justo en la semana en donde la fe del mundo se transforma en esos ismos que he resaltado anteriormente. Así que, para escapar de la aburrida programación de las televisoras, para que después del almuerzo si algún familiar quiere ver la famosa “Vida pública de Jesús”, podamos animarle a ver estas cintas que pueden resultar tanto emocionantes para algunos y, a su vez, otra que quizá le descuadre un poco. Pero, a fin de cuentas, compartir es lo importante ¿no?

Los dos papas




Si existe una institución que sigue teniendo fieles, creyentes y defensores de sus columnas y, sobre todo, emocionados partidarios de la fe que creen en un líder mundial capaz de elevar (o seguir elevando) el mensaje de Dios ante los demás, aquella institución es la sociedad papal, el vaticano y sus afines. Y me resulta increíble, porque es, en una parte quizá, gracias a los productos mediáticos que, hasta esta institución, que perdió seguidores, pero no los que uno se esperaría después de las enormes denuncias que se le han atribuido, sigue siendo atractiva, llamativa no solo por la índole religiosa, sino cultural. Una especie de Cristo Redentor, que cualquier ateo, agnóstico o simple déspota de la iglesia puede llegar a apreciar con todos sus juicios y sentidos críticos completamente despiertos. Eso, creo, es Los dos papas, una película capaz de embellecer en base a argumentos, debates morales, psicológicos y espirituales el lado que casi nadie vio, o quizás ni siquiera veamos, que existe detrás de sus protagonistas. Los papas, portadores del anillo del pescador. Ron Howard hizo a la iglesia atractiva, en su momento, de forma conspiranóica, a modo de thriller, que se fue descarrilando por completo, queriendo buscarle el lado moraliode e intelectualoide a su aburridísima y predecible trilogía basada en los libros de Dan Brown (salvando un poco a la cinta “Ángeles y demonios”, que algo tiene). En este caso, Fernando Meirelles y su guionista Anthony McCarten tratan de hacer una especie de documental ficticio, que evidentemente, partiendo desde el plano no lo es. Va más allá del datito, del cuentito, ambos apelan a este buen sentimentalismo que uno tiene cuando ve un producto no solo divertido sino acojontante. Las conversaciones son, sin dudarlo, lo mejor de la película y de plano sus intérpretes son maravillosos. Un chancón, como lo llamaríamos, que es Ratzinger (Hopkins) contra un argentino, Bergoglio (Price) más “callejero”, pintarrajeado de más cercano al pueblo, más humano y que estuvo a punto de contraer matrimonio de no ser por el llamado de Dios. Ambos se enfrentan, mire usted, dialécticamente, confrontando miradas distantes entre el uno y el otro. Pero también pasamos por momentos históricos, parte de esta especie de docufiction a la que se quiere llegar, denunciando los gobiernos militares de argentina y, también, los abusos cometidos por la iglesia a lo largo de su existencia. Es una buena película, con una buena dirección por parte de Meirelles y un guion que también es bueno. Pero si hay que verla es, sobre todo, para disfrutar a sus dos actores principales, entregados a la noble y bendita causa de la interpretación actoral, esa que se les fue otorgada por Dios, sus profesores o quien sea que fuere. La actuación del grandioso Anthony Hopkins es, realmente, increíble y la de Jonathan Price es sorprendente. Véase en Netflix. First Reformed


Hablar de esta película en términos estéticos, llámelos poéticos si desea, requiere de más espacio y tiempo. No obstante, para no perdernos en este facilismo de mediocridad, considero necesario advertir que más que tratamientos simpáticos, como lo propone la película anterior, en First Reformed, su director Paul Schrader prefiere entregarnos a la fe de manera abrumadora, juzgona, jodida, fastidiosa, pesada, muchísimo más espiritual, violenta (aunque una violencia americanizada), cruda y solitaria. Sobre todo, eso, solitaria. First Reformed es una película que nos cuenta la historia, o triste historia, de un cura autoexiliado en una pequeña y antigua iglesia llamada “First Reformed”. Ernst Toller (Ethan Hawke) es su cura protector, guía e inquilino principal. Un sujeto mayor a los cuarenta y torturado con su pasado. Perdió un hijo en la guerra de Irak y su matrimonio se fue al tacho. Además, no solo el hastío lo lleva en la cabeza. Físicamente presenta una enfermedad que le destroza un órgano que no cuida y ni se inmuta en prestarle atención. Por el contrario, se castiga seguido, con métodos medievales y, también, castiga a ese órgano bebiendo demás. En suma y ya para terminar de construir a este personaje tan lacerante, escribe su día a día en un diario, ahí plasma sus dudas existenciales, como aquel cine Bressoniano (unos cuantos entenderán), pero también sus altibajos de fe. A aquella iglesia, que vivía del turismo por ser la primera iglesia reformada en los estados unidos (hace 250 años), llega una mujer embarazada (Amanda Seyfried) y busca a nuestro cura para pedirle ayuda. Su marido es un ecologista radical y ella quiere que su hijo no nazca en condiciones peligrosas, que aparentemente se nos van revelando a medida va avanzando la película. Para no seguir contando qué es lo que pasa después, solo queda aclarar que, a partir de ahí, la película da un giro interesante, en donde se no presenta la desesperación de un tipo que empieza a sentir el abandono de Dios, un tema que a Paul Schrader (guionista de Taxi Driver) siempre le ha atraído. Su cine negro, el que él defiende y promulga aparece en ciertas partes, pero no para atribuirle a esta película una etiqueta de gato contra ratón, sino más bien para evidenciar su atractivo principal: Sus imágenes, sus planos contemplativos y cómo estos terminan en una secuencia final impactante y desesperante. Es una película no solo entretenida, a punto de vista personal, sino que para aquellos que gusten mucho del cine les vendrá bien ver estas referencias que son tomadas por el propio Schrader para hablar de los temas que más le han marcado en su vida. Como aquel cine de Bergman o Bresson, por ejemplo. En fin, no se me ocurre otra fecha más genial para ver esta cinta que en Semana santa. Un dato menor, pero quizá entretenido, es que Schrader se hizo cinéfilo gracias al cine evangelizador que le ponía su padre cuando era pequeño. Y ahí lo dejo. Véase, también, en Netflix.

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