Malcolm & Marie: una extensa confrontación sostenida por la química en pantalla



El pasado 5 de febrero se estrenó en Netflix Malcolm & Marie, dirigida por Sam Levinson, quien es conocido por la adaptación estadounidense de la serie israelí Euphoria. Publicitada como la película que se grabó en secreto el año pasado en medio de la pandemia por la COVID-19, nos cuenta la historia de un director de cine que regresa a casa con su novia luego del estreno de su más reciente trabajo. Lo que parece que sería una noche de celebración por los buenos comentarios y acogida de la audiencia, deviene en una discusión que progresivamente aumenta en intensidad y termina abarcando no solo el tema de la cinta, sino también el de su relación, las vidas que ambos han construido y la industria fílmica.


Para empezar, entre los puntos fuertes de la película se encuentran las excelentes actuaciones de Zendaya y John David Washington. Las constantes discusiones que mantienen sus personajes permiten que cada uno pueda lucirse al dominar la escena y definir la atmósfera que como espectadores sentimos. El guion se encarga de que ambos tengan sus momentos bien diferenciados en los que toman el protagonismo, además de que el minimalismo en los espacios permite que nuestra atención se focalice en la acción de turno del personaje.


Por otro lado, la dirección de Levinson destaca por el acertado manejo de la cámara a lo largo del metraje. El director sabe que el corazón de la película son sus actores, por lo que los movimientos de la cámara se encuentran en función de las interacciones que entablan. Al inicio tenemos un travelling horizontal por fuera de las ventanas de la casa que nos ofrece la visión de cómo, por un lado, Malcolm celebra el aparente éxito de su película de forma muy eufórica, mientras que, por su parte, Marie guarda la calma mientras prepara macarrones con queso y sale a fumar, como si ya estuviera harta del comportamiento de su pareja y se preparara para romper con ese silencio constante que parece caracterizar su relación.


También tenemos cámaras fijas en momentos donde las expresiones corporales de los personajes nos dicen más que otra cosa. Dos son las escenas que ejemplifican esto y que, además, son muy similares. Cuando Malcolm busca su billetera mientras Marie permanece sentada en la cocina y cuando Malcolm vocifera su opinión sobre la crítica hacia su película mientras Marie se encuentra recostada en el sillón. Tanto en una como en otra vemos la explosiva y egocéntrica personalidad del director que contrasta con la tranquilidad de la frustrada actriz. La cámara no necesita resaltar ningún detalle, ya que es suficiente con mostrar a los protagonistas siendo ellos mismos. Asimismo, los primeros planos ofrecen ese acercamiento necesario en los momentos de mayor dramatismo y en los cuales resaltan más las actuaciones. Todo se detiene y solo interesa lo que el protagonista de turno tiene que decir, acompañado de la respectiva carga emotiva que impregnan sus palabras y expresiones faciales.


No obstante, el punto en el que la película cojea es en el guion. Si bien los diálogos y monólogos resultan bien construidos y bastante cargados de fuerza dramática, llega un punto en que mucho de lo que dicen termina por prolongarse en demasía, como si solo fuera una excusa para alargar esas escenas en las que los actores se lucen al deslumbrar sus potentes actuaciones. Es como si el director perdiera por momentos el rumbo de lo que busca contar por llevar al límite la capacidad actoral de sus protagonistas. A ello se agrega la crítica que se intenta presentar hacia la politización que prima en la actualidad en la crítica cinematográfica, la cual, bien puede tener validez en el sentido de que no toda película es realizada con un fin político detrás, pero de igual forma no se puede escapar a las condiciones propias de los realizadores, ya sean de clase, género, raza, entre otras, ya que, de una u otra forma, incluso inconscientemente, determinan la visión que terminará plasmada en la cinta. A pesar de ello, el director se extiende más de lo necesario en defender su punto de vista.


En conclusión, la química de Zendaya y John David Washington terminan por levantar toda la película al ser lo más resaltante y mejor logrado. A pesar de un guion que puede ser abrumador por su extensión y circularidad en ciertas partes, la dinámica dirección de Levinson que sabe cuándo correr y cuando detenerse lo compensa y rescata del tedio. Una cinta que, dentro de todo, vale la pena ser vista.


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