La imagen del criminal en Once Upon a Time in America



En 1984 se estrenó Once upon a time in America, la última gran obra que dirigió Sergio Leone. Criticada al momento de su estreno y elogiada eventualmente, esta epopeya resulta imprescindible en la historia del cine debido a la fenomenal y poco convencional forma de exponer la vida de un delincuente y su círculo de amigos en una narración que salta de una época a otra, entre varias décadas del siglo XX.

En esta película, Leone cambia el sentido y visión de los criminales del cine: hombres aclamados y glorificados por alcanzar el éxito en su rubro, que mantienen códigos honorables y protagonizan historias, si bien de ascenso, también de predecibles descensos. Este trayecto recorrido usualmente en el género de crimen, tiene como personajes emblemáticos a Tony Camonte o Vito Corleone, individuos que nacen en la miseria y progresan por medios ilícitos.

Pero volviendo a Once upon a time in America, Leone llegó a cambiar esa perspectiva bajo una cruda realidad que se vive y sobre quiénes son realmente estas personas que cometen actos delictivos, dejando atrás los rasgos característicos mencionados anteriormente. Ante ello, resultaba complicado diseñar y representar hombres totalmente corrompidos, puesto que el público podría no querer ver la película por falta de apego a los personajes o a la trama.

Por ello, la virtud de Once upon a time in America está en presentar a los protagonistas desde que son unos niños. Seguimos al protagonista Noodles y sus amigos Max, Patsy y Cockeye, muchachos judíos nacidos en Nueva York. Este desarrollo de la pubertad permite que se pueda empatizar con los personajes y apreciar cómo su amistad es la que los protege y guía. Ello es especialmente logrado gracias a Ennio Morricone, quien se las ingenia en crear piezas musicales que encajan perfectamente con el ambiente en que se desenvuelven los jóvenes delincuentes. Y siendo una cinta que abarca varios periodos de la historia de Noodles, Morricone consigue generar esa nostalgia de una época y una vida que no nos pertenecen, pero que se sienten íntimas.

Sin embargo, a medida que pasan los años, se va profundizando en el verdadero rostro de estos sujetos: criminales insensibles, que toman lo que sea a costa de satisfacción propia y apenas muestran rasgo alguno de remordimiento. Esto rompe con la normativa mencionada anteriormente de los códigos morales. No existe un Tony Montana que, si bien es sanguinario, también se preocupa por la vida de los niños. No, aquí somos espectadores de hombres capaces de dañar a cualquiera que se cruce en su camino.

En este sentido, el desempeño actoral de Robert De Niro como Noodles en su versión adulta, resulta crucial para mantenerse cercano a su personaje. Es cierto que Noodles es sumamente oscuro, pero mantiene gran afecto y preocupación por sus amigos. Su lealtad y cariño reflejan este lado sensible que logra contrastar con aquellos momentos macabros.

Leone es consciente de cada situación compleja que va a presentar, por eso mismo busca generar un dinamismo particular, calmado pero intenso, que mantiene a la audiencia totalmente atenta en las casi 4 horas de duración. Y el resultado va más allá de lo fenomenal, no solamente porque viene de la mano de un director elogiado y experimentado como lo es Leone, sino porque también él parece superarse a sí mismo en este último trabajo.

Lamentablemente, se debe precisar en que la película no estaba destinada a ser proyectada en ese rango de tiempo y fueron retirados 40 minutos del metraje original, los cuales solo han visto la luz ediciones especiales. Pero, aun así, no se sienten cortes abruptos o momentos innecesariamente largos, cada pieza calza de modo perfecto, en una obra digna de apreciar y mantener en el recuerdo.

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