EL LEGADO VIZCARRA




En medio de una guerra "política" sin nombre, el octagenario presidente que realmente nadie deseó, pero por el cual muchos votamos, presentó su renuncia. Acto sin precedentes para las generaciones actuales de nuestro país, muchos de nosotros fuimos testigos, por primera vez, del mecanismo constitucional que llevó a la presidencia a Martín Vizcarra, hasta entonces un más o menos conocido ex gobernador regional, con una más o menos buena imagen. La incertidumbre del momento se fue calmando, en el sentido en el que parecía que el flamante presidente reunía las cualidades de las carecía su predecesor: una maña política que le permitió sortear una serie de crisis, cuyo auge, ante los ojos de la ciudadanía, se dio el 30 de setiembre del 2019, cuando un envalentonado presidente Vizcarra decidió cerrar el Congreso. La popularidad de las medidas, un indiscutible apoyo callejero y una red de influencias que le permitió compensar la falta de una bancada oficial, le permitieron a Vizcarra establecerse como un presidente legítimo ante la opinión pública. Pero algo pasó en el camino, y como su bailarín y deportivo predecesor, cayó víctima de la guillotina congresal. ¿Qué lecciones podemos sacar de la estadía de Martín Vizcarra en el poder?


Resulta preocupante pensarlo, pero es inevitable admitirlo: aquello que entendemos como el fracaso de la clase política escapa a la clase política estrictamente tradicional, y abarca también a todos los aventureros que, como Vizcarra, buscan entornillarse en el poder. Porque Vizcarra no era un político que llevaba décadas en el parlamento o en la administración pública, por lo menos en primera línea. ¿Estaba esperando su oportunidad?


Lo haya buscado o no, Vizcarra sucumbió también ante la profecía contra la que pretendió luchar: el poder como promesa de impunidad, la mentira como arma de gestión política. El ahora candidato al Congreso por Somos Perú- uno de los partidos que contribuyeron a su caída- se pasea alegremente por distintas zonas de la capital, se toma fotos con los artífices de su debacle y sigue, a como dé lugar, su campaña de mentiras. De acuerdo al creativo expresidente, por ejemplo, es a causa del Congreso que el Perú no tiene vacunas, cuando es evidente que lo esencial de la responsabilidad recae en él.


Muchos afirman que Vizcarra se pasó al lado oscuro. Pero decir eso es pecar de inocencia. Las acusaciones de corrupción remontan años atrás, y la demagogia ha sido, aunque muchos no hayan querido verlo, su modus operandi. ¿Fue realmente responsable cerrar el Congreso el año pasado y llamar a nuevas elecciones, sabiendo que ni clase política tenemos? ¿Qué otra cosa podría haber pasado después? Pero no, esa pregunta no era importante para el vacado expresidente, lo importante era ganarse aplausos rápidos y fáciles. Disolver.


Y eso es, creemos, el aspecto más preocupante del legado Vizcarra: ha normalizado la mentira siempre y cuando no sea emitida por uno de los tradicionales mentirosos. Si el que miente es nuevo, canchero y simpático, todo vale. Y esto, en términos de los efectos que podría tener a nivel de psicología colectiva, podría resultar desolador: o lleva al pueblo a apoyar abiertamente a mentirosos con tal de que no se apelliden Fujimori, o lleva al pueblo a tirar la toalla en relación a la clase política, y vivir en un estado de apatía y desinterés permanentes.


Digamos que la estadía de Vizcarra terminó de sellar la maldición que envuelve a nuestro país : nuestra clase política no existe, las buenas intenciones son una fachada, la política es un juego de intereses y, mientras tanto, el pueblo muere de enfermedad y de hambre. El fracaso de Vizcarra en el poder es un punto de quiebre, cuyos efectos empezaremos recién a ver, en todo su esplendor, a partir de las elecciones del próximo año. Que Dios nos ayude, porque los políticos no lo harán.

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