COMO LLAGA EN LA MEMORIA: JULIO CESAR ARANA Y EL GENOCIDIO CAUCHERO



Entre el río Putumayo y el Caquetá —frontera entre Perú y Colombia—, Julio Cesar Arana construyó su imperio de oro blanco. Y así, aportó en la llamada “fiebre del caucho a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. Esto, obedeciendo al boom de la industria automotriz que se venía desarrollando en Europa y Estados Unidos. Aprovechando esto, Arana se hizo de extensos territorios amazónicos y mandó a construir allí, la famosa “Casa Arana”: sede de explotación y exportación cauchera.

Arana, consiente de la necesidad de mano obrera para tan grande empresa, organizó a su gente y empezó a contratar capataces: hombres crueles —muchos de ellos criminales que llegaban desde la isla de Barbados— que estaban endeudados con él. Sueltos sus perros en la selva, estos se encargarían de atrapar a los indios para hacerlos esclavos de la compañía. La flecha y el arco no eran rivales para la bala y el rifle, y los indígenas caían fácilmente ante la crueldad de estos hombres. Casi sin resistencia, las víctimas eran obligadas a producir una sustancia lechosa que brotaba del sangrado de un árbol en específico. Diez litros diarios era la marca diaria a superar. Si estos no lograban superar esta marca, llegaban los castigos: desde golpes y azotes, hasta mutilaciones de miembros de las manos y de los pies.


Pero la cosa no queda allí. La soledad y el aburrimiento enloquecían muchas veces a estos sádicos. Y el ocio y entretenimiento de estos hombres iba siempre en pos del sufrimiento indígena:

Para divertirse ataban a los indígenas a los árboles, abrían sus piernas y prendían hogueras debajo. A los niños los torturaban para que revelen donde se escondían sus padres; a las niñas las vendían como prostitutas; a los bebes los descuartizaban y sus pedazos los daban de alimento a los perros; […] El agente cauchero Aquileo Torres colocó el cañón de un rifle en la boca de un indígena y le dijo, como broma, que soplara; luego, le voló la cabeza. En cierta ocasión este sádico le cortó las orejas a un hombre, lo ató a un árbol y lo obligó a ver como quemaba viva a su esposa. (2019:284)


Tras esto, los abusos cometidos en suelo amazónico hicieron eco hasta llegar a el ámbito internacional, específicamente a suelo británico. En 1910, Inglaterra mandaría a Roger Casement para que investigase sobre los hechos que venían aconteciendo en la selva sudamericana. ¿Por qué justamente Inglaterra? Pues en esa época, el imperio británico, quería pretextos para poder intervenir en territorio sudamericano, además que, directivos de la Peruvian Amazon Company eran británicos, pues Arana tenía la sede de la empresa en Londres.


Luego de una ardua investigación, Casement llegó a Inglaterra con informes y testimonios que comprobaban los asesinatos que ocurrían en la selva sudamericana, estimó, además, que las victimas superaban las treinta mil muertes. Arana tuvo que defenderse ante la cámara de Londres, y defendió su posición como “civilizador” de indios. Además, que él no pisaba suelo amazónico frecuentemente por sus negocios en Londres y no podía conocer la realidad en la que estaba sumida el Putumayo. La Cámara de Londres vio en él a un nuevo Pizarro, y luego de una lentitud burocrática, el tema fue olvidado pues caía la Primera Guerra Mundial. ¿Y el Perú? Pues nada.


Julio Cesar Arana, responsable del asesinato y explotación de miles de indígenas, tiene en Yurimaguas, una calle con su nombre. A finales de 1920, y luego de todo el escándalo internacional, fue senador por Loreto en el Congreso de Lima. Y murió, ya muy anciano, en el distrito de Magdalena del Mar en 1952. ¿El Perú olvidará como siempre o se contará otra historia?


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