Érase una vez en Hollywood… una época vibrante desde la mirada de un cinéfilo




Érase una vez en Hollywood es para mí lo que Roma es para Alfonso Cuarón”. Eso fue lo que Quentin Tarantino mencionó durante una entrevista promocional de su novena cinta. Y es que estamos ante el trabajo más personal del director, una visión particular de la industria cinematográfica de fines de los 60´s, una carta nostálgica de amor a una época pasada, glamurosa a su modo y que Tarantino rememora de una u otra forma en cada producción que ha realizado hasta el momento. Pareciera que nunca pudo desprenderse de ella, de sus géneros variados y estilos únicos. Westerns, artes marciales, blaxplotation, gangsters… Es como si esta película fuera la deuda pendiente de un cineasta que antes que realizador es un cinéfilo empedernido, cuya formación se la debe a aquellos clásicos maratones de dobles funciones en 70 milímetros que han desaparecido por completo.


Si bien el argumento nos cuenta la historia de Rick Dalton, actor que trata de mantenerse a flote en una industria que parece haberlo olvidado, Cliff Booth, doble y fiel amigo de Dalton dispuesto a apoyarlo en lo que sea, y Sharon Tate, joven actriz en despegue viviendo su momento de gloria, el verdadero protagonista es la ciudad de Los Angeles, el Hollywood de 1969, recreado en cada mínimo detalle. Resulta impresionante la precisión con la que encontramos de vuelta a la vida sus calles, sus anuncios de letras enormes y fosforescentes, sus autos descapotados y coloridos. Es el recuerdo preciso, una fotografía instantánea de la infancia de Tarantino.


A diferencia de sus películas previas, aquí no encontramos precisamente un argumento definido. No rastreamos un conflicto externo que lleve a los personajes a embarcarse en un viaje por alcanzar algún objetivo. Son, en realidad, los conflictos internos de los personajes lo que mueven la trama. Es Rick Dalton luchando por sobrevivir es un negocio cada vez más distinto al que conoció en un principio. Es Cliff Booth siendo su salvavidas, pero también es Cliff Booth navegando por el escenario hippie del momento, adentrándose en las marañas oscuras del clan Manson y viviendo como se puede luego de que su trabajo derivó de doble de acción ha mandado de su compañero. Es Sharon Tate disfrutando siendo, pues, Sharon Tate, cuando ello lo significaba todo y el futuro parecía prometedor.


Pero aquellos tres protagonistas (interpretados magistralmente por Leonardo DiCaprio, Brad Pitt y Margot Robbie, respectivamente) son encarnaciones que tratan de retratar a grandes rasgos los vertiginosos cambios que venían ocurriendo dentro de la industria. Estamos ante el fin de una era y el advenimiento de otra. Durante la siguiente década llegarán nuevos directores con ideas novedosas, jóvenes que crecieron viendo películas y se formaron en las primeras escuelas de cine del país norteamericano. Nos referimos a Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Brian De Palma, Steven Spielberg, George Lucas. Son sus películas las que definirán el término “blockbuster”, cruzarán los límites de los géneros y se nutrirán de sus maestros y los homenajearán.


Por tal razón, es comprensible que muchos no se hayan quedado satisfechos con esta reciente entrega. Se aleja bastante de los baños de sangre a los cuales nos tiene acostumbrados el director (a excepción de la secuencia final) y argumentos entrelazados de formas fantásticas. Pero la propuesta que no pone sobre la mesa, intencionada, es otra: acompañarlo es una exploración de los últimos chispazos del que fue para Tarantino el más grande periodo en la historia de Hollywood.


Incluso el realizador posiciona el acontecimiento central y unificador de su película, la masacre llevada a cabo por la secta de Charles Manson contra Sharon Tate y sus allegados, como el hecho más relevante de la época que retrata. No hay referencias al alunizaje del Apollo 11 o a la guerra de Vietnam, ya que, para él, la verdadera tragedia fue el asesinato de la novel actriz, una enorme promesa del cine de la cual fuimos privados. Hecho que se toma la libertad de reescribir, como una especie de compensación simbólica que trata de ofrendar.


En síntesis, aunque quizás estemos ante la película más distinta de Quentin Tarantino hasta la fecha, no destaque tanto en los inimitables diálogos a los que nos tiene acostumbrados, se pierda por momentos en escenas divagantes que poco aportan y el entrelazamiento con la familia Manson no sea el que se prometió en los avances, no se constituye en una decepción. No será su mejor trabajo, pero está hecha con el corazón, como toda película debería hacerse, y eso es suficiente para considerarla destacable.


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